miércoles, 31 de diciembre de 2008

1909-2009 Cien años de futurismo...

Motociclista de Fortunato Depero

Todo empezo en la Gran Guerra, la decadencia de Europa, su crisis demográfica, el largo periodo de guerras civiles que trajeron consigo al bolchevismo y el fascismo... pero antes de las vanguardias políticas habían aparecido las vanguardias culturales. Entre ellas el Futurismo: el arte de la revolución bolchevique y de la vanguardia fascista,

Y fueron tan rebeldes y destructores Depero en Italia como Rodchenko en Rusia...

Ha pasado un siglo y todavía vivimos, lo sepamos o no, a la sombra de aquel manifiesto...

martes, 30 de diciembre de 2008

Drieu La Rochelle sobre D.H. Lawrence


DHLawrence
El Cristo de D. H. Lawrence
Pierre Drieu La Rochelle

Traducción del francés de José Antonio Hernández García

Este texto ha sido tomado de un Website dedicado a la Nueva Derecha -- http://foster.20megsfree.com/index_es.htm -- y puede leerse completo en http://es.geocities.com/sucellus24/3061.html
aquí sólo se reproducen los párrafos iniciales por cuestión de espacio.

Se podría decir que este libro es un relato filosófico; lo afirmaría si el autor no fuera un novelista inglés. Aunque esta naracción tiene su punto de partida - fértil en símbolos- en un dios que prodiga sus complacencias en torno a algunos de los temas morales que han ilustrado la obra de D. H. Lawrence, su interés se centra en un carácter más bien particular. No obstante, en algunos puntos dudamos en conferirle la denominación de cuento filosófico con la connotación que le damos en el país de Villiers de l'Isle-Adam, de Anatole France o de Voltaire, para quien, por el contarario, la palabra tiene mayor importancia que quién la dice.
No, este no es en definitiva un cuento filosófico. Pero como indudablemente Lawrence quiso escribir uno, esta intención al menos lo ha ayudado a no caer nunca en el espacio de la alegoría autobiográfica que a veces suele rozar. Además, había encontrado en la idea de una segunda vida de Cristo a un personaje perfecto para un escritor, y en el que puede transparentar con acierto el fondo de sus propias experiencias, el ritmo de su vida y hasta el movimiento de su pluma. Todas sus veleidades subjetivas se habrían desvanecido si hubiese reconocido en su héroe a un hermano. Así, borra tales veleidades con numerosas y sorprendentes particularidades de un pariente que seguramente sólo testimoniaría lo esencial para él.

Aún así, cuando Lawrence escribió este relato - emotivo por su acento de veracidad- se encontraba cercano al final de su doloroso destino, que se volvía translúcido en todos los gestos de pasión que ya se habían expresado en su obra. Sus páginas están hechas de carbón blanco y de ceniza caliente. Después de muchos años de enfermedad, Lawrence moriría a los cuarenta y cuatro años.

Como su Cristo, Lawrence era un hombre que ya había tenido una muerte. Nadie mejor que él podía hablar de esos estados intermedios entre la vida y la muerte y, por lo tanto, todo eso, prodigiosamente presente, se encuentra al mismo tiempo continuamente relacionado con su otra visión. El hombre se une al dios - y uno y otro están aquí y allá, por fuera como dice Lawrence, pero dentro de la vida.

Al menos esto sucede así al principio, cuando el héroe todavía está cerca de la tumba. Pero es importante reconocer que este sentimiento del más allá o del más afuera, persiste durante mucho tiempo. Este crucificado vuelto hombre, renacido nuevamente como un viviente, permanece como moribundo casi hasta el último minuto de su aprendizaje; es un hombre enfermo de muerte.

Pero al mismo tiempo, en su derrededor, la vida es desbordante, viviente. Aquí también - o tal vez mejor que en sus páginas más brillantes- Lawrence nos hace sentir con una pasión irresistiblemente convincente la presencia viva de las piedras, las flores, los animales, del sol, de los humanos; de todo lo que este amoroso hombre tiene al morir en vida; de su sensibilidad febril que nos acomete y nos penetra. Nos impone un incomparable estado de doble mirada. Nos enferma como él para hacernos sentir una vida más intensa, más vívida. Incluso quienes no hayan conocido la guerra, la revolución o la más grave enfermedad - o aquellas mujeres que no han sabido lo que es un parto- serán finalmente tocadas por esta gracia fatal.

Estamos muy lejos de un Cándido que atraviesa difíciles pruebas, en ocasiones cruelmente duras. Cándido es un portento de salud al lado de este Jesús al que cada minuto de vida le destruye - diríamos- una fibra. Pero qué exquisita y simpática electricidad nos transmite esta fibra antes de colapsarse.

Ese es Lawrence, enfermo de muerte y amoroso de la vida como casi nunca lo hemos sido nosotros; sin duda nuestra época es igual. Existe en ello, entre el caso de un individuo y la situación de una época, un encuentro que libera un rayo. De allí el carácter profético de Lawrence.

Pero no nos anticipermos. Antes de reflexionar sobre esto, gocemos sin restringirnos a esta historia en particular, conmovedora por sus detalles familiares. Allí, Lawrence verdaderamente ha llegado en ciertos giros del relato a la simplicidad homérica o evangélica, en virtud del curso natural de su genio y de su gracia para la precisa intuición de ultratumba. El trazo es esencialmente exacto, muy particular - a pesar de las tosquedades indiscutibles y superficiales, de un estilo que se quiere componer y de un cálculo fallido que se encuentra de una palabra a otra, una antigua primero y otra moderna después, y que hubiera querido sugerir la idea de la continuidad de lo cotidiano a través de los siglos.

He aquí de lo que está hecha nuestra vida, y que no dejaremos de redescubrir en su desfalleciente simplicidad, gracias a la bondad - así sea frugal- de los artistas. Aquí, un gallo, un campesino - allá una mujer que espera, los pescadores que porfían, y en el fondo los soldados que dormitan amenzantes, o un suspicaz intendente que vigila. Enmedio de todo esto, un dios humano que pasa. Y rodéandolo, envolviéndolo todo, está la naturaleza infatigable, implacable, seductora.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Lepanto de Chesterton, traducido por Borges.



LEPANTO
G.K. Chesterton
Versión de Jorge Luis Borges

(Publicada originalmente en el primer número -noviembre de 1938- de la revista argentina Sol y Luna)

Blancos los surtidores en los patios del sol;
El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
Y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
Y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,
Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
Han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
La sombra de los Valois bosteza en la Misa;
De las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
Y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol.
Laten vagos tambores, amortiguados por las montañas,
Y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
Y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
El último caballero de Europa toma las armas,
El último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
Que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.
En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
Sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
Don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
Oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
Carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.
Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
Yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurrá!
Luz de muerte para África ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Cabalga hacia el mar.
Mahoma está en su paraíso sobre la estrella de la tarde
(Don Juan de Austria va a la guerra.)
Mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,
Su turbante que tejieron los mares y los ponientes.
Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,
Y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,
Y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama
A Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:
Genios y Gigantes,
Múltiples de alas y de ojos,
Cuya fuerte obediencia partió el cielo
Cuando Salomón era rey.
Desde las rojas nubes de la mañana, en rojo y en morado se precipitan,
Desde los templos donde cierran los ojos los desdeñosos dioses amarillos;
Ataviados de verde suben rugiendo de los infiernos verdes del mar
Donde hay cielos caídos, y colores malvados y seres sin ojos;
Sobre ellos se amontonan los moluscos y se encrespan los bosques grises del mar,
Salpicados de una espléndida enfermedad, la enfermedad de la perla;
Surgen en humaredas de zafiro por las azules grietas del suelo,-
Se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,
Y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo
Y no déis tregua a los rumíes de día ni de noche,
Pues aquello que fue nuestra aflicción vuelve del Occidente.
Hemos puesto el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol
De sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado,
Pero hay un ruido en las montañas, en las montañas y reconozco La voz que sacudió nuestros palacios -hace ya cuatro siglos:
¡Es el que no dice "Kismet"; es el que no conoce el Destino,
Es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!
Es aquel que arriesga y que pierde y que se ríe cuando pierde;
Ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra.
Porque oyó redoblar de tambores y trepidar de cañones.
(Don Juan de Austria va a la guerra)
Callado y brusco -¡hurrá!
Rayo de Iberia
Don Juan de Austria
Sale de Alcalá.
En los caminos marineros del norte, San Miguel está en su montaña.
(Don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
Donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
Y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
El fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
Llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
Y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
Y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
Y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
Y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
Que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
Trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
Les está gritando a las naves.
El rey Felipe está en su celda con el Toisón al cuello
(Don Juan de Austria está armado en la cubierta)
Terciopelo negro y blando como el pecado tapiza los muros
Y hay enanos que se asoman y hay enanos que se escurren.
Tiene en la mano un pomo de cristal con los colores de la luna,
Lo toca y vibra y se echa a temblar
Y su cara es como un hongo de un blanco leproso y gris
Como plantas de una casa donde no entra la luz del día,
Y en ese filtro está la muerte y el fin de todo noble esfuerzo,
Pero Don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.
Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles-
El rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.
Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!
Cañón sobre cañón, ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Ha desatado el cañoneo.
En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
Ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
La media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
Y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
Y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
Y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
Gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
Como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
Son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
Escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;
Son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
De los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
Donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
Y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo-
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
El rojo corre sobre la plata y el oro.
Rompen las escotillas y abren las bodegas,
Surgen los miles que bajo el mar se afanaban
Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.
¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
Ha dado libertad a su pueblo!
Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)

El capitán Dorry y Blackshirt. El pulp inglés de entreguerras II


“Ayudo a los héroes que no pueden ayudarse a sí mismo. Les doy la ocasión de recuperar algo de los que robaron y engordaron a costa suya, que hambrearon a sus familiares mientras ellos luchaban, que fumaban en sus clubes privados y confiaban en que la guerra nunca se acabaría.” Al final de la Gran Guerra, después de ser desmovilizado, el Capitán Dorry es invitado por un perista, Fewgin, para unirse a su banda de ladrones de guante blanco, compuesta por veteranos desmovilizados que roban, de “esos vampiros que ganan dinero con las guerras, y especulando siguen haciendo dinero en la paz.” Fewgin lo tiene claro, aunque no tan claro como para pasar del gesto personal al gesto revolucionario… Fegwin no roba a gente inocente pero roba para beneficio propio y ha creado una banda que puede parecerse al Black Gang de las novelas de Bulldog Drummond en su aspecto, e incluso en sus motivos, pero no en los fines.
En el primero de los cuentos del Capitán Dorry roban a un tipo que ha hecho una gran fortuna vendiendo conservas en mal estado al ejército durante la guerra, un tal Isaac Sheintz (adivinad a que grupo étnico religioso pertenece… efectivamente, no es anglicano…). Sheintz ha comprado un collar de perlas para la hija de una vieja y arruinada familia inglesa con la que quiere casarse para poder entrar en sociedad y Dorry lo roba y le da el resultado de su venta al empobrecido, pero decente, chico al que la chica de la vieja, y empobrecida, familia inglesa ama para que puedan casarse. Cursi, sí… pero dentro del espíritu de la época. El Capitán Dorry solo apareció en cinco cuentos antes de desaparecer en 1921. Otro veterano que añoraba el campo de batalla, no sabemos nada más de él, si fue por el camino correcto, y al Action Party, o por el camino incorrecto y a los Black and tans.

Blackshirt estuvo más tiempo en los kiosquillos de las estaciones. Apareció por primera vez en 1924 gracias a Bruce Graeme y por última en 1969, por obra de Roderik Graeme, tuvo antepasados (un tal Monsieur Blackshirt fue mosquetero) y un hijo, Lord Blackshirt… Y nada de confusiones… en 1924 todo el mundo sabía ya lo que era una camisa negra, incluso los autores de pulp despistados. Blackshirt vestía de forma extraña “no usaba chaqueta, tan sólo una camisa suave y negra, y una corbata negra, no muy distinta a la usada por los fascistas.”

Los diálogos de las novelas son igualmente reveladores.

--Blackshirt. Suena como a fascista.- dice un personaje.

El policía que investiga el caso, un tal Marshall, responde.

--Va por el mal camino, o eso me temo, caballero, ya que los Fascisti son gente de ley y orden y Blackshirt es responsable de numerosos asuntos que son claramente ilegales.

Frase de ojiva múltiple, polisemica en la jerga crítica actual, que permite a un tiempo elogiar al fascismo y distanciarse del mismo sin criticarlo.

Blackshirt comparte las víctimas de Dorry, ricos industriales enriquecidos en la retaguardia. Hasta la guerra había sido tan sólo un ladrón y un carterista pero cuando se alisto la guerra le trasformó, tal vez porque el autor, como buena parte de la sociedad inglesa de aquel momento, creía en el valor redentor de las armas y en el servicio militar como en una escuela de ciudadanos. Nueve meses después del armisticio de 1918 nacía Blackshirt, que ya robaba sobre todo para mantener en tiempos de paz la excitación del combate. Con el paso de los años, y a medida que el fascismo dejaba de ser para la desinformada opinión pública inglesa una especie de conservadurismo armado para pasar a ser una especie de bolchevismo nacional, tan subversivo como el de los comunistas, Blackshirt y su autor dejarían de hacer comentarios hasta convertirse en otros personajes perfectamente anodinos de la literatura juvenil inglesa, aunque de cuando en cuando los rasgos de los banqueros o industriales saqueados fueran menos arios que los del común de los ingleses.

Así, el soldado desmovilizado y patriota, el hombre rebelde de otras partes de Europa fue convertido, en la excéntrica sociedad inglesa, en un personaje literario juvenil absolutamente inocente… Y sin embargo en ese mismo periodo Chesterton escribió una novela claramente prefacista que pocos reconocen como tal, precisamente porque trata de ideas y no de camisas de tal o cual color, El retorno de Don Quijote, sobre la que ya escribiremos… mientras que en Francia un veterano, Roger Vercel, escribe una gran novela, que será debidamente comentada, sobre los soldados y el honor, Capitaine Conan, basándose en su propia experiencia militar como soldado francés en los Balcanes...

viernes, 26 de diciembre de 2008

Bulldog Drummond. El pulp inglés de entreguerras I


El periodo posterior a la Gran Guerra de 1914-1918 que vio la llegada de numerosas revoluciones en la Europa Central y Oriental y la aparición de los primeros fascismos en países de la Europa Mediterránea fue mucho más calmado en una Inglaterra que se encontraba después de todo dentro del lado vencedor, estaba separada del continente por la barrera del mar y poseía una cuarta parte de las tierras del mundo como colonias y vía de escape de las frustraciones locales; pero incluso allí, mucho antes del gran intento de huelga general de los laboristas en los años veinte o de la aparición del Action Party existió una cultura del descontento del ex combatiente que como la fascista del continente combinaba un recuerdo parte horror, parte fascinación y parte nostalgia por la trincheras y la camaradería alcanzada en ellas.
Donde en el continente, fruto de una mayor politización y desesperación de las masas, esa cultura de la trinchera se convirtió bien en interclasismo prefascista o fascista, bien en revolucionarismo bolchevique, en Inglaterra se convirtió tan sólo en base de una serie de novelas populares que incluso hoy pueden leerse como literatura juvenil pero que inicialmente pudieron tener una lectura política. Son las novelas de Bulldog Drummond, del Capitán Dorry o de Blackshirt. Todas ellas tienen una serie de elementos comunes, contrariando a la tradición literaria inglesa en que el héroe es necesariamente el detective que colabora con la policía o el agente del orden, sus personajes centrales son ladrones de guante blanco, mientras que las víctimas de los mismos están por su parte escogidas entre las que serían blanco de la propaganda de los fascismos continentales, los aprovechados enriquecidos en la guerra, los banqueros, los emboscados y en algunos casos los bolcheviques. El hecho de que no se relacionase a sus autores con nada que fuera más allá de un nacionalismo de la vieja escuela, a menudo teñido de un antisemitismo que nunca falto en Inglaterra, y que se presentasen como literatura juvenil permitió a sus personajes sobrevivir hasta nuestros días.
El primero, y mejor recordado de esos personajes, también el menos politizado de los mismos, fue Bulldog Drummond, del novelista inglés H. C. McNeile.
Bulldog es el Capitán Hugh “Bulldog” Drummond, varias veces condecorado durante la Gran Guerra, oficial de un regimiento de elite, el Loamshire Regiment, que después del conflicto se dedica a trabajar como detective privado sin que eso le impida caer de cuando en cuando en la ilegalidad a la hora de castigar, a menudo a latigazos, a los delincuentes. En su primera novela, de 1920, la que da título a la serie se le ve colocar, reciñen retirado y añorando ya la acción, un anuncio en The Times en que muestra su deseo de aventuras. La respuesta le llega a través de la carta de una joven dama, preocupada por los socios comerciales de su padre. La historia descubrirá que este es chantajeado por un archivillano, Carl Peterson, que está tratando de crear el caos financiero para provocar un golpe de estado que llevaría a la creación de una dictadura comunista sobre la Gran Bretaña. Drummond, con la ayuda de sus ex compañeros de armas, combatirá a Peterson durante tres o cuatro novelas, hasta matarlo… A lo largo de una esas novelas uno de los personajes, y alter ego del autor en ese momento, reflexiona sobre los gases tóxicos desarrollados por Peterson y sus cómplices: “Y si el secreto le fuera entregado a una nación que lo usase de forma equivocada- Dios salve al mundo. Imagine que pasaría si Rusia, dirigida por una claque de judíos homicidas, la poseyese…

A partir de su cuarta o quinta aventura su grupo de amigos se convertirá en la Banda Negra por su manera de disfrazarse y Drummond comenzará a reeducar a los delincuentes detenidos en centros de reeducación a través del trabajo.
No se porque pero no me imagino a un editor de los de que ahora se dedican a resucitar para mayor disfrute de niños nostálgicos de cincuenta o más años a los viejos héroes del pulp resucitando a Bulldog Drummond de la misma manera que ha sido resucitado Doc Savage o Fu Manchu…
Y sigue siendo más amable que el Capitán Dorry, del que hablare en otro post.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

domingo, 21 de diciembre de 2008

Diez años de Junger. Un artículo de José Luis Ontiveros

Este artículo, recogido aquí de forma incompleta, ha sido tomado de un website dedicado a la Nueva Derecha
http://es.geocities.com/sucellus23/

Retrato del joven Ernst Junger

Ernst Jünger: yo soy la acción José Luis Ontiveros
En torno a la obra del escritor alemán Ernst Jünger se ha producido una polémica semejante a la que preocupó a los teólogos españoles en relación con la existencia del alma de los indios. De alguna manera, el hecho de que se le haya discutido en medios intelectuales mundiales con asiduidad, y el que una nueva política literaria tienda a revalorizarlo, le otorga, como lo hizo a los naturales el Papa Paulo III, la posibilidad de una lectura conversa; ya no traumatizada por su historia maldita, absolutoria de su derecho a la diferencia, y exoneradora de un pasado marcado por la gloria y la inmundicia. La polémica sobre Jünger que en medio de lamentaciones previsorias sobre su “ceguera histórica” ha reconocido la posibilidad de que también poseía un alma personal, se ha mantenido, sin embargo, en los límites del conocimiento de su obra. Pareciera que profundizar en Jünger puede indicar de alguna manera una proclividad secreta, una oscura complicidad con este peligroso ”junker”, intelectual orgánico de los desarraigados, al que se suele evocar como el cazador y animal de presa, que en la adolescencia se enrola en la Legión Extranjera francesa, testimonio que deja en Juegos Africanos; se le presenta como situado ”de pronto a la sombra de las espadas” (1), y esta exaltación hecha tipología se presenta como el truco con que se evade el contenido de su obra. Por ello debe partirese de un principio: Jünger sigue siendo el mismo, es un réprobo permanente y resuelto, una conciencia erguida y soberana: ”yo siempre he tenido las mismas ideas, sólo que la perspectiva ha cambiado con los años” (2). En Jünger hay una sola línea ascendente, un impulso de creación unívoco que arranca en 1920 con Tempestades de Acero, se afirma en Juegos Africanos, obra intermedia, que precede a En los acantilados de mármol (1939), Heliópolis (1940), y Eumeswil (1977). Resulta entonces necesariopara llegar a Heliópolis y a un acercamiento a su comprensión, hacer referencia a un problema histórico. Jünger en la línea de Saint-Exupéry y de Henry de Montherlant ama la acción como el supremo valor de la vida: no existe una renuncia a las pompas del mal, a los frutos concretos de la acción. Hay, al contrario, a lo largo de su obra, un reflejo centelleante que nace de la negación deliberada de la bondad; un aliento nietzscheano de que ”no encontraremos nada grande que no lleve consigo un gran crimen”. Por ello es que debe ahorrarse la gratuidad de perdonarlo, de ver en Jünger al intelectual víctima de sus demonios. De esta forma si Jünger ha padecido un Nuremberg simbólico, la actitud rectora de su creación ha permanecido firme sobre la marejada, sobre los prejuicios políticos y aún sobre la ”conmiseración” que nunca ha necesitado. No hay en su obra, como producto de la derrota de Alemania en la II Guerra Mundial, una disociación de un antes y un después; una versión suavizada del mal, que habría retrocedido de su estado agudo a su estado moderado. Por ello, si su texto La Guerra, nuestra madre escrito en 1934 ha recorrido una suerte semejante a Bagatelas para una masacre de Louis Ferdinand Céline, en el sentido de que ambos son unánimemente ”condenados” y prácticamente inencontrables a excepción de fragmentos; el joven escritor alemán, que afirmaba que: ” la voluptuosidad de la sangre flota por encima de la guerra como una vela roja sobre una galera sombría” (3), es el mismo que canta el poder de la sangre, treinta y un años después de cieno, fuego y derrota: ”los gigantescos cristales tienen forma de lanzas y cuchillos, como espadas de colores grises y violetas, cuyos filos se han templado en el ardiente soplo de fuego de fraguas cósmicas” (4).


1.- Michael Tournier, Ernst Jünger Libreta Universitaria nº 58 UNAM, Acatlán, 1984.
2.- Nigel Jones, Una visita a Ernst Jünger, La Gaceta del FCE nº 165.
3.- Roger Caillois, La cuesta de la guerra, Tres fragmentos de la Guerra Nuestra Madre, Ed. FCE breviarios nº 277, México.
4.- Ernst Jünger, Heliópolis, Ed. Seix Barral, Barcelona.

El texto entero del artículo puede leerse en
http://es.geocities.com/sucellus23/638.htm
Recomiento mirar también el resto de los textos recogidos en el archivo en lengua española... son realmente buenos.

Diez años más tarde. Bernard Henry Levy sobre Junger con ocasion de su muerte


No es un artículo halagador pero Bernard Henry Levy, un claro enemigo de Junger, supo separar mejor la paja del grano y el Junger de verdad del elogiado por muchos autores y críticos a la moda en el momento de morir...

"Después de Brecht, Jünger. La misma santificación. La misma momificación instantánea. La misma forma de reescribir su biografía para expurgarla de todo lo que pueda atentar contra su imagen de gran escritor. ¿Nazi? No, nacionalista. Sólo nacionalista. Así titulaba, al día siguiente de su fallecimiento, un diario de la mañana. Por lo demás, éste es, en Francia, el tono general de la mayoría de las necrologías. Pero volvamos, una vez más, a los textos.

1923. Jünger ha publicado dos libros, Tormentas de acero y La guerra, nuestra madre. Una tarde, en el Circo Krone, escucha, por vez primera, a un joven agitador, llamado Adolf Hitler. Era «como una purificación», dirá. «No era un discurso, era un acontecimiento con la fuerza de lo elemental», en ese país «humillado» que era la Alemania de después del Tratado de Versalles. «Un desconocido hablaba y decía lo que había que decir y todos sentían que tenía razón»...

23 de septiembre de 1923. Acaba de enviar sus libros, con una dedicatoria entusiasta, «al guía nacional, Adolf Hitler». Y entrega a la Völkischer Beobachter su primer gran artículo político. Un artículo en el que anuncia la «revolución», pero «la verdadera», la que «todavía no se ha realizado», la revolución cuya base será «étnica» y cuyo estandarte será la cruz gamada. ¿El dinero? No, «no será el dinero el motor de esta revolución, sino la sangre». Porque la sangre «debe asegurar la libertad del todo a costa del sacrificio del individuo, debe lanzar sus olas contra todas las limitaciones que nos oprimen, debe eliminar todos los elementos que nos perjudican».

1926. El el pustch de la cervecería ha fracasado. Hitler se convierte -o finge convertirse- a la estrategia de la acción legal. Jünger, con sus amigos del Standarte primero y del Arminius después, periódicos ultranacionalistas que son el laboratorio del fascismo naciente, lucha a favor del reagrupamiento en torno al «núcleo lleno de sangre» de los grupos de ex combatientes, extremistas (radikalen), racistas (völkischen) y nacionalsocialistas (national-sozialen), que pululan en la Alemania de la época. El «único medio» del que estamos seguros al cien por cien, sigue diciendo, es que nunca utilizaremos «el electoralismo».

1930. Se acerca el asalto el poder. Jünger se distancia del Kniebolo. Pero sigue creyendo en la virtud redentora de la guerra. Sigue pensando que la nación, entendida como comunidad de sangre (Blutgemeinschaft) es el motor de la Historia. Y le entrega al Süddeutsche Monatschette un texto titulado A propósito del nacionalismo y de la cuestión judía. En él dice, entre otras cosas, «en la medida en la que la voluntad alemana vaya ganando en claridad y vaya encontrando su forma, la más mínima esperanza de que un judío pueda ser alemán en Alemania será sólo una vana ilusión y se verá colocado ante una última alternativa: o ser judío en Alemania o no ser». ¡Toda una declaración de antisemitismo en boca de este aristócrata del que nos dicen que jamás de los jamases sucumbió al virus antisemita!

Años 30. Es cierto que se niega a entrar en la Academia alemana de la poesía. Protesta contra la noche de los cuchillos largos y contra la eliminación del ala progresista del partido nazi. De hecho, se va. Se aleja, no sólo política, sino también físicamente de la Alemania nazi. Es la época de sus viajes a las Azores, a las Canarias, a Marruecos y a París. ¿Pero se puede decir realmente que el autor de Trabajador, que el apóstol de una raza destinada a realizar la «revolución técnica anticristiana» rompe con Hitler? ¿Se puede admitir, como lo hizo Fran¢ois Mitterrand en su homenaje de 1995, que «diseña el espacio de la libertad humana y de sus auténticos combates»? Jünger sigue siendo antiliberal. Sigue siendo definitiva y ferozmente antidemócrata. El inspirador del primer nacionalsocialismo comparte, hasta el último momento, el principio mismo de su política.

París. Años 40-44. Se transforma en el amigo de los escritores y en el oficial elegante del Florence Club o del Raphael. De esa época, conocemos la publicación en el Journal de sus emocionadas páginas sobre el uso de la estrella amarilla. Pero, ¿por qué no se citan también los fragmentos sobre Laval y Pétain, su adhesión, jamás desmentida, al principio mismo de la colaboración? ¿Por qué nadie se sorprende de verle, siempre en el Journal, tratar con tanta severidad a la Resistencia francesa? Pierre Gar¢onnat (uno de los intérpretes más agudos de la política jüngeriana) dice: «Para este extraño antihitleriano, la frontera no pasa tanto entre resistencia y colaboración como entre ruptura y nobleza».

Se cantan las glorias de Jünger por haber sido europeo. Los nazis también lo eran. Se le considera el «precursor de la ecología». Los movimientos juveniles nazis, también. Queda el escritor -¿el gran escritor?- que, por definición, está por encima de todas estas desviaciones. Y sobre ese tema, hay división de opiniones. Por un lado Gide que, desde 1942, sostenía que Tormentas de acero era «el más bello libro de guerra» jamas escrito. Y por el otro, los que «libro de guerra» por «libro de guerra» prefieren, ateniéndonos sólo a los contemporáneos, Viaje al fondo de la noche o Rigodon. ¿Jünger o Celine? Este es el auténtico debate."


Algunos libros que me ayudaron a crecer...

Libros serios y políticos

El discurso a las juventudes de España de Ramiro Ledesma... tan actual como en el momento de su publicación... lo leí en una edición incompleta y pirata cuando era adolescente.

Tormentas de acero de Ernest Junger... me lo prestaron a los quince años y aún lo recuerdo

Orientaciones de Julius Evola... cortito para todas las ideas que contiene

M.L de Él... aquel que no puede ser citado en público sin despertar el mayor de los horrores marcó mi adolescencia... no, no estoy hablando de Chtulhu...

Yo escogí la libertad, el ya olvidado libro de Viktor Andreievitch Kravchenko... uno de los primeros desertores de la Unión Soviética... estaba entre los papeles de mi abuelo e hizo de mi un anticomunista...

Eugenio o la proclamación de la primavera de Rafael García Serrano, la única novela falangista de preguerra aunque no se publicase sino hasta después del alzamiento de 1936...

libros serios no políticos

La verdadera historia de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo... la visión del soldado de a pie de la conquista de un mundo entero por un puñado de locos, con un par...

La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa... fanáticos religiosos contra fanáticos ilustrados y positivistas... la historia de una gran locura

Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez... porque demuestra que cualquier historia, por mezquina que sea, bien contada puede ser literatura... un libro que se lee en tres horas y no se olvida

Madrid de Corte a Checa de Agustin de Foxa... no puedo ponerlo entre los políticos aunque muchos lo hagan...

Libros que no son serios ni de casualidad...

Corto Maltesse en Siberia... me descubrió a uno de mis ídolos... El barón von Ungern-Sternberg

El sueño de hierro, Norman Spinrad escribió una fábula antinazi que acabó en la lista de libros recomendados del American Nazi Party--- alguien metió la pata y yo creo que fue el autor...

Dune de Frank Herbert... es raro en una lista así pero es un libro que parece preveer el fúturo... veinte años antes de la revolución islámica de Irán es increible la cantidad de cosas que parecen escritas después..