lunes, 27 de marzo de 2017

HABLANDO DE INTERNET II. Google

WHAT WOULD GOOGLE DO
El título tiene algo de blasfemo, al menos para el público norteamericano. WHAT WOULD GOOGLE DO? es una evidente alusión al WHAT WOULD JESUS DO?, una pregunta-eslogan empleada por los cristianos renacidos a la hora de plantearse decisiones importantes. Las iniciales WWJD aparecen, también, en una línea de ropa y joyería populares. Esta referencia, que el público español no captará, nos recuerda también que Google, como Dios, es omnipresente: lo ve todo, lo reúne todo dentro de sí y provoca la imagen de una instancia todopoderosa. Es también una pregunta legítima porque Google, aparte de haber llegado a convertirse en verbo, es también una de las raras empresas creadas en la Red que no sólo no sufrió el pinchazo de la burbuja de los dot.com, sino que ha crecido notablemente en tiempos de crisis.
Este libro, sin embargo, es menos una historia de esa “marca” que un análisis de su filosofía y de sus derivados, tanto aquellos que están ligado a esa compañía —porque Google tiene muchas plataformas: Blogger, GoogleDocs y Google Calendar; YouTube para videos, Google Analytics para controlar el tráfico en los distintos sites, Google Groups para crear comunidades en línea, AdSense para las inversiones, Google Maps y Google Heart para mapas y planos—, como aquellos comparten su filosofía, como A day in the life o Flickr.
¿Y cual es esa filosofía? Poner un servicio gratuito, bueno, incluso necesario, al alcance de todos. Tradicionalmente la mayor parte de las cosas encontradas en Internet han sido gratuitas, o incluso cuando alguien ha pagado por ellas han acabado gratuitamente en otras manos. A pesar de esta aproximación, que muchos medios de prensa tradicionales, y por lo menos una industria (la del disco) no han logrado comprender del todo, la información en línea continuaba teniendo muchos caracteres propios de la vieja información: existía un creador y una serie de recipientes. Con la llegada de la Web 2.0, cuya sombra planea sobre todo el texto, se ha pasado sin embargo a un mundo en que el consumidor de información o de cultura ha pasado a ser también su corrector, su creador, no sólo a través de grandes obras anónimas como la Wikipedia, sino también de un diálogo constante e inmediato entre creadores y consumidores que ha difuminado la diferencia entre unos y otros. Tanto la Wikipedia, una enciclopedia creada por sus lectores, como A day in the life, que cada día ofrece reportajes gráficos, como las reseñas de Amazon.com, o como los blogs que compiten con la prensa tradicional son hechos por los mismos que reciben la información y no por unos creadores ajenos a los receptores y el autor relaciona esta experiencia con la filosofía de Google.
Para ilustrar sus tesis el autor usa varios ejemplos. El primero de ellos es su pelea, pública y a la postre exitosa, contra el servicio de asistencia de Dell, que causó grandes pérdidas a esa compañía, cuando sus ataques fueron pasando de blog en blog hasta convencer a una parte sustancial de sus lectores de que Dell era una mala marca de computadores. El segundo ejemplo de colaboración creativa entre un primer creador y la comunidad de sus oyentes lo ofrece el Show de Howard Stern, que mucho antes de que apareciese Internet ya ofrecía una interactividad telefónica que presagiaba la que iban a tener los blogs, con los oyentes llamando y participando de forma creativa a través de parodias y chistes. Y finalmente su propia experiencia como columnista en un blog después de los ataques del 11-S, cuando sus crónicas apresuradas fueron leídas, pasadas, respondidas y corregidas por otros columnistas en línea; la visión de un particular, en este caso el autor, se vio contrastada y completada por otros cientos de colaboradores, alterando la forma tradicional en que una noticia se presenta a un público.
La Web 2.0, de la que Google es un excelente ejemplo, ha trasformado la prensa, el comercio, las relaciones interpersonales, ha sustituido el gran público lector de la prensa por miles de públicos pequeños, pero sin embargo accesibles, pero también el mundo de las grandes naciones clásicas por miles de naciones sin fronteras bien definidas en las que se deja de ser americano o español para ser a la vez miembro de la nación de los asmáticos, de los aficionados a tal o cual deporte o juego o a tal o cual serie televisiva.
¿Qué ha hecho Google? ¿O la Wikipedia, o YouTube? Crear plataformas en que cualquiera puede publicar cualquier cosa, en que el control de la plataforma está en manos de los mismos consumidores que con sus gustos indican el camino a seguir por el mercado. ¿Y qué diferencia a Google de otros buscadores de Internet? El autor lo tiene claro:
Yahoo y otros sites de Internet piensan en sí mismos como un fin. Google se ve como un medio... Google ve su página central como el camino de llegar a donde quieres ir. Y cuando llegas allí, hay muchas oportunidades de que encuentres un anuncio o aplicación de Google.
Ahí es donde Google quiere estar: donde tú estás. Antaño, todos los caminos llevaban a Roma. Hoy todos los caminos salen de Google.
Jarvis ve en esta forma de acceder a la información no sólo sus resultados comerciales, que permiten al vendedor anunciarse directamente al consumidor, sin necesidad de intermediarios, sino también sus resultados éticos, porque ahora ya no sólo es más difícil ocultar la realidad, sino que además, gracias a los blogs, se favorece la transparencia informativa frente a los medios de prensa tradicionales que presentaban un producto acabado pero no explicaban como se llegaba a producirlo.
Desde luego tanto Google como las otras compañías aquí estudiadas han recibido críticas, que ya resumió Andrew Keen en The cult of the amateur: esas críticas incluyen preocupaciones sobre la seguridad de la información personal, violaciones de copyright, y censura, pero sobre todo que el tipo de cultura que favorece esta nueva tecnología anula la creación original, favoreciendo el plagio y la copia. A lo que el autor responde:

Aquí es donde regresamos al objetivo: la creación. Mirando Internet, uno se sorprendido por la voluntad de la gente para crear. Una encuesta que cite anteriormente indicaba que muchos de nosotros tenemos dentro nuestro un libro. Otra decía, coincidentemente, que la mayor parte de los jóvenes tienen dentro de sí un negocio. Hemos vigilado nuestra creación: tenemos millones de blos. Sacamos cientos de millones de fotos en Flickr. Cien mil personas escriben aplicaciones en Facebook. Cada minuto, diez horas de video son cargadas en YOUTUBE. Internet no nos hace más creativos. En lugar de ello nos permite que aquello que creamos sea visto, oído y empleado. Permite que cada creador encuentre su público... 
Como podemos ver, éste es un libro escrito desde el entusiasmo con todos los peligros que ello comporta. No todo el mundo lamenta la desaparición del pedestal de la clase creativa o la desaparición de la prensa escrita, que careciendo de la rapidez de la prensa en línea ofrecía, sin embargo, otros retos. El del autor es un entusiasmo que no comparten muchos centros dedicados a observar a la prensa en Estados Unidos, ni otros observadores de los desarrollos del Internet, pero que ha dado como resultado un libro escrito con espíritu de apología. Se trata de una defensa exagerada pero interesante sobre todo porque podrá crear controversia y respuestas.
***
Jeff Jarvis es un periodista norteamericano. Crítico de televisión para TV Guide y la revista People, editor dominical del New York Daily News y columnista del San Francisco Examiner. Ha sido presidente y director creativo de Advance Internet, la revista en línea de Advance Publications, y consejero de About.com. Es profesor en la City University of New York’s Graduate School of Journalism y autor del célebre blog BuzzMachine, que sigue de cerca los desarrollos técnicos de los nuevos medios de prensa pero en el que ha desarrollado otros temas que le son queridos y que reaparecen en este libro: su pelea con la empresa de computadoras Dell, su afición a los programas radiales de Howard Stern y sus experiencias después del Once de septiembre. Tres temas que reaparecen en estas páginas como muestras respectivas de lo que un blogger puede comenzar dentro del nuevo mundo de la comunicación de masas a través de Internet; de la colaboración entre un creador (Stern) y su público, desarrollada incluso antes del Internet pero más fácil ahora; y de cómo es posible interactuar con los recipientes de las noticias y reelaborar tus textos a medida que son escritos.

HABLANDO DE INTERNET. I: El porno...

Esta es la primera d euna serie de reseñas sobre libros que hablan sobre el INTERNET y su influencia en nuestras vidas. No son libros necesariamente recientes, pero se trata de libros que no existiendo en español es bueno que sepamos que existen...


PORNO E INTERNET
La pornografía, hasta hace poco tiempo un fenómeno marginal, ha pasado a ocupar un espacio cada vez más amplio dentro de la cultura popular. Muchas cosas han cambiado desde los primeros tiempos de Playboy: cada vez hay más pornografía, cada vez es más “dura” en sus formas y cada vez suscita menos rechazo social. Su aceptación ha terminado por ser considerada signo de liberalidad; su rechazo, una muestra de conservadurismo.
Las nuevas tecnologías han sido bálsamos para la pornografía: el video permitió el acceso a las películas porno sin necesidad de ir a oscuros cines de mala muerte, las grandes cadenas de hoteles incluyeron canales porno en su oferta y el teléfono primero —e Internet después— permitieron que la pornografía llegara directamente al hogar del cliente. De la misma manera que el video permitió la aparición de las películas caseras y el porno ayudó al desarrollo de las ventas del video, Internet ha propiciado la reaparición de formas de pornografía amateur prácticamente desaparecidas desde los años setenta.
Para investigar esta eclosión, la autora ha hablado y entrevistado a numerosos investigadores y terapeutas pero también a muchos consumidores de porno en cualquiera de sus variedades. El libro está basado en más de cien entrevistas, algunas de ellas muy interesantes. Vemos ahí al ejecutivo que perdió su empleo por ver porno en línea desde la computadora de su empresa, al empleado de una compañía de petróleo que pasa el 25% de su tiempo laboral mirando páginas web pornográficas, a la esposa que está celosa de las modelos que su cónyugue admira en línea, a la novia que ha recibido como regalo de su novio cintas pornográficas, al dentista al que le gustan las fotos de adolescentes, aunque no necesariamente la pornografía infantil, y después tiene que trabajar con niñas todo el día.
El libro empieza por analizar los efectos de la pornografía sobre hombres y mujeres adultos y la forma en que ésta es percibida de forma distinta por ambos géneros. La forma en que las mujeres han pasado a ser un grupo que de forma creciente ve pornografía y las distintas actitudes de las feministas frente al fenómeno ocupan muchas de las páginas de esta primera parte.
¿Qué efectos causa la pornografía? Varios capítulos están dedicados a esta materia. Para muchos de los entrevistados el porno es adictivo y, como todas las adicciones, puede causar la necesidad de aumentar el número de dosis o la fuerza de las mismas. Es interesante constatar que el consumo de pornografía puede tener efectos contrarios a los esperados sobre la libido masculina; en este libro nos encontramos, por ejemplo, con gente a la que el exceso de consumo le impide comportarse de forma natural en el mundo real, vemos también como las modelos porno y las streapers se han convertido en un modelo inalcanzable (lo mismo pasa con las modelos de moda y es extraño que la autora no relacione ambos casos) para muchas mujeres.
El tipo de relaciones retratadas por el porno industrial, en el que todos los hombres son titanes y todas las mujeres multiorgásmicas, no requiere de la intimidad como paso previo al sexo y ello afecta también la forma en que las parejas, sobre todo las crecidas estos últimos veinte años, han pasado a relacionarse. Por otra parte el consumo de pornografía ofrece una imagen completamente alterada de las relaciones de pareja. La autora llega a afirmar que la pornografía, casi inofensiva para un adulto capaz de distinguir realidad de ficción, puede ser peligrosa para adolescentes y preadolescentes que tienen a través de la misma su primer contacto con el sexo.
Internet ocupa buena parte del libro. La pornografía en línea, la más peligrosa porque puede ser consumida por cualquiera con acceso a una computadora independientemente de su edad y condición, se ha vuelto cada vez más radical, más grosera, más violenta y deshumanizada. Gastos mínimos, amplios márgenes de ganancia, ausencia de leyes que cubran toda la red y mucha competencia, han hecho que los pornógrafos en línea tengan que subir cada vez más el listón hasta incluir de forma regular en sus sites tipos de pornografía y fetiches que apenas si existían entre el material impreso.
En defensa de sus tesis, la autora cita un estudio del año 2000 que liga las nuevas tecnologías a la reaparición de formas de pornografía que se creían ya desaparecidas. Por ejemplo la infantil que desde los años setenta se había considerado prácticamente extinta en los Estados Unidos. Entre 1996 y el 2004, el FBI ha tenido 23 veces más casos que desde 1970 a 1996. Internet no sólo da un servicio a los aficionados a este tipo de porno sino que además crea la necesidad por formas más específicas y normalmente más degradantes del mismo.
Así, un libro que había empezado —tanto el texto como la investigación previa— desde la neutralidad y la falta de prejuicios se transforma gradualmente en un texto contra la pornografía que si bien evade los tópicos sobre la moralidad o las tesis anteriores basadas en la religión, coloca la pornografía al mismo nivel que el consumo de tabaco:
Durante muchos años otra industira insistió que sus productos no causanan daños. Propietarios de corporaciones, empleados y consumidores se burlaban de los estudios que relacionaban el tabaco con el cancer y el enfisema. Líderes de esa industria se presentaron ante el Congreso y testificaron que el tabaco no creaba adicción. Todos los americanos debían poder escoger si fumaban. Nada debía interponerse frente a su libertad. Los cigarrillos, explicaban, no eran peligrosos.
El derecho a acceder a la pornografía puede ser defendido desde muchos aspectos y la autora da la palabra a algunos de sus defensores, que se centran sobre todo en la libertad de palabra, algo que la autora no discute, lo que la lleva a conducir el debate hacia el terreno de la salud pública. Pamela Paul cree que la pornografía debe limitarse como se limita el consumo de productos nocivos. No niega el derecho de los adultos a consumirla pero hace notar que la edad de los consumidores está bajando cada vez más y que cuando se habla de pornografía infantil ya no se está hablando tan sólo de la pornografía que usa niños como modelos sino de la pornografía que están viendo los niños.
La propuesta de la autora no es la censura, ni siquiera la censura familiar, sino la regulación. De la misma manera que es ilícito vender tabaco a un menor, de la misma manera que es ilícito en los Estados Unidos venderle pornografía en un sex shop deberían de haber también filtros que impidieran a los menores acceder a la misma en la Red. En lugar de eso, ahora sites dedicados a los juegos en línea tienen pop ups con propaganda de sites porno. En cualquier caso la autora lleva el debate desde su campo habitual (moralidad contra libre expresión) a otro en el que se trata de salud pública y el uso de la tecnología.
El libro está bien escrito y bastante documentado, pero desgraciadamente toda esa documentación se refiere únicamente al caso norteamericano. En este terreno, como en otros muchos, no creo que la excepción norteamericana pueda aún servir de modelo a los demás países y sobre todo no a países que han tenido tradicionalmente una actitud más abierta frente al sexo o a aquellos que tienen buenos programas de educación sexual en sus escuelas.

Pornified: How Pornography Is Transforming Our Lives, Our Relationships, and Our Families
Pamela Paul
Times Books, Henry Holt and Company, 2005

domingo, 26 de marzo de 2017

CINCO EJEMPLOS DE ORGANIZACIÓN NACIONALISTA...

No existen estructúras mágicas que funcionen en todas las circunstancias y aseguren la supervivencia de una organización, mucho menos su victoria, pero pero sí distintos tipos de estructuras de las que pueden aprenderse ejemplos a seguir. La mejor estructura es aquella que se mejor se ajusta al mundo real que te rodea.


Cinco textos que propongo discutir
Un teórico del nacionalismo, Venner; un escritor que llegó tarde a la política (si es que llegó), Mishima; un grupo de activistas que pensaban a medida que actuaban, Ordre Nouveau; un grupo legal y sin embargo celular de Estados Unidos, la National Alliance; y, finalmente, un guerrillero que tuvo que aprender a organizarse para no morir en el intento, Tom Barry. Cada uno de ellos cosas que enseñarnos. No ejemplos a seguir a ciegas pero sí lecciones a partir de las que tomar nuestras decisiones.

El teórico nacionalista
Dominique Venner fue un historiador y escritor francés, y una de las grandes influencias ignoradas del nacionalismo revolucionario español.
En ese texto Venner pronostica e indica el camino que seguirán los grupos nacional revolucionarios franceses de las décadas del sesenta y el setenta, propone la creación de una organización de combate monolítica y jerarquizada que agrupe a todos los nacional revolucionarios, aboga por la especialización del trabajo militante, y traza sobre todo una línea divisoria entre lo que él llama nacionales —término que en Francia define a una larga serie de personalidades independientes más o menos católicas, más o menos de derechas o incluso de centro, no gaullistas—de los nacionalistas, término que tal y como él lo emplea se corresponde al concepto español de nacional revolucionarios. Ese documento es el plan maestro a partir del que se construiran las alternativas nacionalistas en Francia durante largo tiempo y dada la influencia que el nacionalismo revolucionario francés ha tenido en España pueden encontrarse ecos del mismo en numerosos programas y alternativas de trabajo propuestas por Nrs españoles que ni siquieran conocen el mismo.

Fragmentos
En el origen del combate nacionalista, la dispersión de iniciativas y la debilidad de los medios iniciales habían concentrado en una pequeña cantidad de militantes la totalidad de las tareas. Lo que fue necesario durante una primera etapa se convierte en catastrófico cuando la organización se desarrolla. Algunos hombres orquesta se ven aplastados por innumerables actividades, tan necesarias las unas como las otras. En torno a ellos se adquiere la costumbre de dejárselo todo.
Por temor a ver una tarea ejecutada mediocremente por un nuevo titular el hombre orquesta continua haciéndolo todo él mismo. El espíritu de iniciativa desaparece y, con el mismo, las ganas de acción. Militantes valiosos se ven relegados al papel de masa de maniobra; pierden la fe y el entusiasmo.
En este estadio artesanal, todo el mundo debe saber de todo y nadie está a cargo de nada concreto. Las aptitudes personales de los militantes son ignoradas. El trabajo artesanal conlleva una extraordinaria perdida de energía y cualidad. Así se ha visto a un excelente periodista económico, muy conocido en Estados Unidos, encargado de repartir circulares del OAS en las oficinas de correo. Fue arrestado en el curso de una de esas operaciones que jóvenes partidarios, estudiantes, hubieran podido realizar en su lugar, mientras que nadie podía reemplazarlo en su especialidad allá donde su utilidad hubiera debido ser evidente. El hombre orquesta desbordado como el militante inutilizado se unen en un mismo sentimiento de ineficacia y desagrado. Tanto uno como el otro tienen conciencia de girar en el vacío. Hay una cantidad suficiente de militantes probados como para que la organización futura rechace ese trabajo artesanal que conllevaría su asfixia.
* * *
División del trabajo y centralización
La variedad de las actividades de la Organización, la diversidad de los medios que debe penetrar, el carácter a la vez visible e invisible de la lucha, imponen una división del trabajo que debe ir, en algunos casos, a la compartimentación. Este fraccionamiento por áreas de actividad, confiadas a responsables probados, se acompaña lógicamente de un mando único y centralizado en lo alto.
En el interior de cada área de actividades, la división del trabajo y la especialización de los miembros deben practicárse igualmente. Las organizaciones locales deben poder consagrarse con el máximo de eficacia a la acción, la centralización y la especialización de las tareas deben permitirlas esa posibilidad. Por tomar un ejemplo, el de la propaganda, más capaz de facilitar rápidamente un material adaptado a los grupos que las iniciativas artesanales, impotentes para luchar contra la propaganda contraria. Para sus militantes, la organización debe estar presente en todas partes, incluso entre el enemigo. La presencia de militantes en ciertos mecanismos económicos o administrativos puede ser de una utilidad infinitamente superior a su participación como simples maniobras en las actividades de un grupo de acción. La lucha no es única en sus formas. Es por eso que la división del trabajo debe ser aplicada igualmente en el escalón de las organizaciones locales. Los miembros deben de ser elementos activos del trabajo común, responsables de tareas precisas y no simples ejecutantes. Bajo estas condiciones se formarán militantes eficaces, organizadores, cuadros de mando.
Para una crítica positiva. Dominique Venner
El esteta como organizador político-militar


Yukio Mishima es la antitesis de Venner. Venner fue un político que acabó en el mundo de la literatura, Mishima un escritor, varias veces sonó su nombre como posible ganador del Premio Nobel, que entró en algo parecido a la política. Dos cosas destacan de estos párrafos... la más evidente, el amor a los uniformes, es sin embargo la menos importante. La más importante es el hecho de que para entrar en su grupo hacía falta pasar por una serie de pruebas físicas y un examen, así como el hecho de que su creador había decidido desde el mismo principio limitar su número en busca de la excelencia.

Tatenokai
La sociedad de los escudos que he formado está compuesta por menos de cien miembros, no dispone de armas y es el ejército más pequeño del mundo. A pesar de acoger a nuevos miembros todos los años, he decidido no superar los cien afiliados, pues no deseo mandar a más de cien hombres. No se les paga nada. Sólo se les proporciona un uniforme estival y otro invernal, birretes, botas y un uniforme de combate. Este último es extraordinariamente vistoso y fue diseñado por Tsukumo Iragashi, el único estilista japonés que creó uniformes para De Gaulle. La bandera de nuestra Sociedad es simple: un blasón rojo sobre seda blanca. Yo diseñé personalmente nuestro emblema, que consiste en un círculo que encierra dos antiguos yelmos
japoneses. El mismo dibujo aparece en los birretes y en los botones. Para ser miembro de la sociedad de los Escudos es conveniente ser estudiante universitario. Ello obedece a una razón bastante obvia: se es joven y se dispone de tiempo. Quien trabaja no puede concederse arbitrariamente largos periodos de vacaciones. Para ser admitido en la Sociedad se requiere además cumplir un mes de ejercicios militares en un regimiento de infantería del Ejército de Defensa y luego aprobar un examen.
Una vez convertido en miembro de la sociedad, se participa en una asamblea mensual donde se consagra a alguna actividad encomendada a grupos de diez; al año siguiente se pasa un nuevo periodo de adiestramiento en el Ejército de Defensa. Actualmente, los miembros de la Sociedad se están ejercitando para la marcha que se llevará a cabo sobre la terraza del Teatro Nacional el 3 de noviembre. La Sociedad de los Escudos es un ejército preparado para intervenir en cualquier momento. Es imposible prever cuándo entrará en acción. Tal vez nunca. O tal vez mañana mismo. Hasta ese momento, la Sociedad de los Escudos no cumplirá ningún otro cometido.
Tateno kai (La sociedad del Escudo).Yukio Mishima


Ordre Nouveau: práctica cotidiana y la militancia juvenil Ordre nouveau fue un grupo nacional revolucionario francés que transformó en gran parte la estética del nacionalismo revolucionario europeo en la década del setenta. Creado en noviembre de 1969 por un grupo de veteranos del disuelto movimiento Occident, respaldados por la organización universitaria GUD (Grupo Unión y Defensa o Grupo Unión y Derecho según el momento), el grupo enlazó con el nacionalismo francés de entreguerras con la presencia de François Brigneau, con el combate por la Argelia francesa y con los incidentes de Mayo del 68, en los que participó activamente Occident, su antecedente más inmediado. Recien fundado el grupo se le ofreció a Dominique Venner un puesto en su directiva, que este rechazó. ON se caracterizó por su capacidad para la improvisación, tardó meses en tener un local propio—se reunían en una brasseria—, funcionó sin tener prensa durante su primer año y sus primeros cárteles incluyeron el apartado de correos de otro movimiento político, que se lo prestó. Hay sin embargo elementos dignos de ser considerados dentro de su experiencia.

Como estaba organizado Ordre Nouveau
A pesar de su pretensión de presentarse como un “verdadero” partido político con la vocación de reunir a adultos, Ordre Nouveau no puede esconder que es, ante todo, un movimiento juvenil. Los mayores de 20 años siempre serán excepciones dentro del movimiento. Su estructura está compuesta por universitarios y, cada vez más, de estudiantes de instituto. La irrupción de los estudiantes de instituto en la vida militantes no es específica de ON. El izquierdismo conoce el mismo fenómeno. A menudo evocada, la simetría entre extrema izquierda y ON se convierte en algo real. Los estudiantes que vienen al nacionalismo como reacción contra el lavado de cerebro marxista tienen pese a todo su marca. Numerosos son los del 68 que a fin de cuentas, todo considerado, se sienten más cómodos del lado de la cruz céltica que de la estrella roja. Esos transfugas traen a ON formulas militantes, formas de ser, un cierto lenguaje. La influencia de François Duprat hace el resto. Es él quien introduce en ON la práctica de la autocrítica, con un grado desconocido hasta entonces entre los nacionalistas. Si frente al exterior, la propaganda de ON insiste en un cierto tipo de autoglorificación extrema, los análisis difundidos internamente carecen de complacencia. El boletín interno del movimiento comenta en estos términos el mitín del 13 de mayo de 1970. “Es verdad que la mayor parte de las intervenciones han sido demasiado nostálgicas. Efectivamente, era poco útil hacer un martirologio durante cuarenta minutos de los depurados de 1945, lo mismo con los tribunales de excepción de 1962. Pero hay cosas más graves: algunos excesos verbales, algunas llamadas a la violencia o incluso al asesinato, fueron inútiles no tan solo peligrosos. Los oradores eran demasiados y algunos hablaron demasiado tiempo. El mitín ha sido demasiado largo (acabo a las 0,30 horas)”.
Igualmente interesante, esta nota comunica a los jefes de sector tras las manifestaciones organizadas en diciembre de 1970 en París como protesta contra la represión de los alzamientos obreros que se producen en aquel momento en Polonia. Reunidas de boca a oreja, son un gran éxito: “La manifestación del viernes 19 a reunido trescientas personas del movimiento, más cien extras. Se puede estimar en unas setecientas personas las que participaron en la del lunes 22. Había una proporción demasiado grande de jóvenes en la manifestación”. Si Occident consideraba la juventud de sus efectivos como una oportunidad, ON tenía tendencia a sufrirla como una maldición.
[…/...]
Hasta junio de 1972, el movimiento permanecerá obstinadamente unido al principio de colegialidad. Las poderosas personalidades de François Duprat y Alain Robert dominan la gestión de los asuntos diarios, pero no se trata de tomar decisiones importantes sin consultar a los veteranos de la oficina política, François Brigneau et Gabriel Jeantet (que fue uno de los padrinos de Miterrand para la concesión de la Francisca). Las tendencias no tienen derecho a existir en ON. Se discute mucho, se confrontan opiniones, a veces con dureza, pero la línea general debe aplicarse a todos (entre los comunistas eso se llama centralismo democrático). Lo monolítico del movimiento y el cuidado con que afirma su diferencia se traducen con una línea gráfica de una coherencia extrema. Carteles, folletos, titulares de la prensa y pancartas se caracterizan por un grafismo peculiar que será retomado por los movimientos nacional revolucionarios de toda Europa.
Ratas negras. Autores varios


El raro ejemplo norteamericano: National Alliance
Al contrario que con los otros ejemplos no tenemos muestras de literatura propia de este grupo acerca de sus métodos organizativos, sin embargo el único grupo NR estable y digno de estudio, al menos de forma positiva, de las últimas decadas en Estados Unidos. Trabajando en el corazón de una cultura cada vez menos europea, NA estructuró una organización a un tiempo legal y semiclandestina, que insistía sobre todo en la disciplina interna y, mientras vivió su líder, funcionó bastante bien entre los años 1974 y el 2002. Hay muchas cosas que aprender de un ejemplo tan aparentemente exótico para un partido europeo como puede ser una organización norteamericana. La primera lección es aprender a madurar. El grupo nació como grupo juvenil pero se convirtió en partido adulto y cuando lo hizo cambió en tipo y nombre de sus publicaciones, pasó de tener un tabloide de grandes titulares y cabecera agresiva a tener una revista del mismo formato que Time o Newsweek, y realizó la misma puesta al día en todos sus emblemas, banderas y lemas, sin cambiar su orientación.
En la década del sesenta, William Luther Pierce, fundó su propia organización tras haber pasado por varios grupos folklóricos que insistían en vivir en la década del treinta, y haber visto de cerca el fracaso de la vía electoral a traves de su participación en la campaña de George Wallace, ex-gobernador de Alabama y el candidato demócrata segregacionista a la presidencia de Estados Unidos. El grupo existió inicialmente como grupo juvenil, National Youth Alliance y después como partido político.
Varias cosas separaron ese grupo de los numerosos grupos similares aparecidos en Estados Unidos.

Propaganda: Ante todo la calidad de su propaganda. Después de publicar una revista formato tabloide, ATTACK!, en la época de la NYA la National Alliance tuvo una revista de formato mensual, National Vanguard, bien ilustrada, escrita y revisada por un equipo de universitarios, que unió artículos cientificos e históricos junto a análisis políticos, todo con una presentación claramente profesional.
La National Alliance creo uno de los primeros webs nacionalistas de Estados Unidos, adoptó todos los nuevos medios de comunicación apenas aparecieron, compaginándolos con los más tradicionales. Revistas, flyers, un boletín interno—que se llamó primero Action! y después, mássobriamente, National Alliance Bulletin—, junto a juegos para computadora especialmente creados por el grupo.
Pierce comprendió rápidamente el poder potencia de las nuevas tecnologías a medida que estar surgían y las adoptó a medida que aparecían. En una entrevista con una revista juvenil, Barbarian, Pierce declaró: “Nuestro objetivo es contruir el mejor instrumento educativo que podamos para alcanzar y educar a nuestro pueblo. Queremos ser capaces de expresar nuestromensaje a través de cada medio que podamos emplear efectivamente y comunicarlo de forma continuada a todo nuestro pueblo.”
Su propaganda era a la vez flexible en los medios, dando bastante autónomia en cuanto a estos a sus responsables regionales y locales y controlada en cuanto al contenido. Así uno de sus miembros patrocinó un coche de carreras en competencias locales de Carolina del Norte, otro colocaba mesas en ferias renacentistas donde vendía discos que mezclaban música medieval o renacentista con canciones folk de contenido nacionalista. Y sin embargo existía una disciplina en el mensaje. William Pierce exigía que todo material de propaganda le fuera mostrado y fuera aprobado por el partido antes de su publicación. Eso permitió impedir la aparición de sectas dentro del grupo central, dio coherencia al trabajo a nivel nacional y mejoró la imagen del grupo a nivel nacional.

Estabilidad económica y Presencia en el mundo real: Pierce y NA crearon una distribuidora de libros a partir de una base central física real, no un apartado de correos, un enclave de 346 acres en Virginia Occidental, con almacenes, salas de conferencias, un centro editorial. Ademàs varias empresas dedicadas a la música juvenil, su propia marca de ropa y accesorios.
En el momento de morir Pierce el grupo tenía presencia en treinta estados y 1500 miembros, lo que puede parece poco para un país del tamaño de un continente, como es el caso norteamericano, pero supera a la mayor parte de los grupos similares.
Los miembros estaban organizados en unidades o, allá donde había muy pocos, proto-unidades de tipo celular. Los miembros de las celulas tienen que reunirse una vez al mes para discutir temas ideológicos, mantener actividades de contactos, repartir la propaganda del grupo y discutir medios para reclutar nuevos miembros, a menudo de forma individual. Dos veces al año, Pierce reunía a cincuenta miembros escogidos de la organización y conducía retiros de formación en su cuartel de Virginia Occidental.
La calidad de la propaganda, la estabilidad económica del grupo, su disciplina interna y coherencia, y su presencia en el mundo real convirtieron a la NA en una entidad a tener en cuenta que lejos de vivir aspirando a miembros de otros grupos era capaz de reclutar directamente de la calle, o incluso de los campus universitarios, y que logró pasar de ser un grupo juvenil en los años setenta a un partido que presumía de tener en sus filas no sólo universitarios, sino profesores, profesionales, jueces y miembros de las clases profesionales en ruptura con la imagen del joven nacionalista violento que representaba a otros grupos.
Material recopilado y reelaborado por equipo de autores.


El IRA: Organización de las Columnas Volantes en tiempos de guerra
Si Venner habla en la teoría, Ordre Nouveau recuerda su práctica, y Mishima se entrena para ayudar al ejército de su país,Tom Barry y el IRA combatieron en una guerra de baja intensidad. Tom Barry fue uno de los oficiales más jóvenes del IRA, jamas colocados al frente de una de sus Columnas Volantes. Mientras que el IRA mantenía una estructura paramilitar de base territorial en que cada brigada o compañía estaba ligada al condado o ciudad en que era reclutada, favoreciendo la coherencia de un grupo que estaba formado por viejos amigos, vecinos y parientes más o menos lejanos, las Columnas Volantes eran unidades reclutadas de
acuerdo a las necesidades del momento, por los jefes de cada condado, dotadas de autonomía y capaces de moverse campo a través a pie o bien motorizadas. Se trataba de unidades irregulares y autosuficientes acostumbradas a vivir sobre el terreno y a expensas del enemigo.

La organización de la Columnas Volantes
Durante largos meses, hasta septiembre de 1920, numerosos oficiales nacionalistas, dispersos a través de toda Irlanda, pensaron en los medios necesarios para asegurar la existencia de una Columna Volante. Por extraño que pueda parecer, para el IRA de Cork Occidental el objetivo que debía primar en toda Columna Volante, en la situación imperante, no era combatir sino seguir existiendo. La misma existencia de esa formación, incluso si no lanzaba ningún ataque, era un desafío constante lanzado contra el enemigo, que le obligaba a mantener guarniciones importantes para prepararse frente a los atentados, comprometiendo su fuerza armada para asegurar la protección de su autoridad civil. Una columna de ese tipo continuamente en movimiento debía afectar seriamente la moral de las guarniciones. Permanecía el símbolo más perfecto de nuestra nación. ¿Acaso no era la Columna Volante del Ejército del Pueblo? La Columna Volante atacaría cada vez que pudiera causar más pérdidas que las que pudiese sufrir. Escogería su propio cambo de batalla, y, cada vez que esto fuera posible, rechazaría el combate si las circunstancias la eran desfavorables. Por el contrario, buscaría al enemigo y presentaría combate sin aceptar siempre, necesariamente, su desafío.

La Columna debía evitar el desastre a toda costa; ciertamente, a veces, por el bien de todo el movimiento, estaría dispuesta a asumir bajas, a condición de que permaneciese una cantidad suficiente de hombres armados y experimentados para crear una nueva unidad.
La Columna Volante tenía por misión permanente el acosar, matar y destruir a las fuerzas enemigas; romper el esfuerzo del ocupante para reconstruir su administración civil, duramente puesta a prueba; guardar y proteger los edificios que albergaban nuestras instituciones estatales, así como las personas que las elaboraban y hacían funcionar. La misión de esa punta de lanza del Ejército del Pueblo era pesada, considerando los efectivos y recursos del enemigo en
relación con nuestra propia debilidad en efectivos, material y experiencia. Una Columna Volante, mal organizada y despreocupada por la seguridad, no habría durado ni una semana sin sufrir un desastre. Sólo los mejores Voluntarios, bien mandados, instruidos y disciplinados, podrían permitir que la Columna realizase su misión.

He aquí los principios en vigor desde la creación de la Columna de Cork Occidental.
1. El mando de la Columna Volante de la Brigada era absoluto. Nadie podía mezclarse con las atribuciones del comandante de la Columna. Sus decisiones eran personales y no se sometían a la aprobación de ninguna autoridad interior o exterior a la Columna. Era el único responsable y en caso de fracaso el único culpable. Nadie podía compartir su autoridad y nadie podía compartir su responsabilidad en caso de desastre.
2. En cada Batallón y cada Compañía de la Brigada, todos los recursos, debían ser puestos a disposición de la Columna Volante. Sin esos elementos organizativos, la eficacia de la Columna Volante sería nula y su existencia reducida.
3. Sólo Voluntarios escogidos serían aceptados para servir en la Columna Volante. Los hombres que no entrasen de corazón constituirían un peligros para la misma. Todos los oficiales de los Batallones y Compañías deberían pasar un periodo al servicio de la Columna, pero sin ser obligados. Sin embargo, cualquier oficial que escapase de ese servicio sería considerado como inepto para permanecer como oficial del IRA.
4. Se señalaría a los nacionalistas que se alistarían como Voluntarios en la Columna Volante la disciplina reinante. Esa disciplina no podría ser sino rigurosa. Se les señalaría también el hecho de que la movilidad era una de sus condiciones esenciales; que tendrían que recorrer largas distancias a pie, que no comerían sino cuando tuvieran víveres, que dormirían al raso sino había ningún alojamiento disponible y, de forma general, que llevarían una vida dura y primitiva. Cada hombre debía saber también que luchaba contra fuerzas superiores y que la Columna estaba continuamente en peligro de destrucción.
5. Los oficiales y jefes de sección eran nombrados por el comandante de la Columna, independientemente del grado que tuviera el Voluntario antes de ser destinado a la misma. Así, un teniente de Compañía podría ser nombrado como jefe de sección y el teniente podría ser juzgado como preferible a un comandante de Batallón.

Guerrillero en Irlanda. Tom Barry

sábado, 25 de marzo de 2017

Por qué la revolución no será tuiteada

Por qué la revolución no será tuiteada
Por Malcolm Gladwell
Este artículo fue publicado originalmente en la web de The New Yorker,
y corresponde a la edición impresa del 4 de octubre de 2010

A las 4:30 de la tarde del lunes 1º de febrero de 1960, cuatro universitarios se sentaron en la cafetería Woolworth en el centro de Greensboro, en Carolina del Norte. Cursaban su primer año en la Universidad Estatal de Agricultura y Tecnología de Carolina del Norte, una universidad de negros, a un kilómetro y medio de distancia.
Quisiera una taza de café, por favor –le dijo uno de los cuatro, Ezell Blair, a la camarera.
–Aquí no atendemos negros –contestó ella.
El mostrador de la cafetería Woolworth era una barra en forma de L en la que podían sentarse 66 personas; había además una barra de pasabocas ubicada al extremo, donde solo se podía estar de pie. Los asientos eran para blancos. La barra del extremo para negros.
Otra empleada, una mujer negra que trabajaba en la cocina, se acercó a los estudiantes y trató de advertirles que se fueran. “Se están comportando como idiotas, ignorantes”, dijo. No se movieron. Alrededor de las 5:30 de la tarde las puertas de la tienda se cerraron. Ninguno de los cuatro se movió. Finalmente salieron por una puerta lateral. Afuera, una pequeña muchedumbre se había reunido, incluido un fotógrafo del Greensboro Record. “Volveré mañana con toda la universidad”, dijo uno de los estudiantes.
A la mañana siguiente, la protesta había crecido a veintisiete hombres y cuatro mujeres, la mayor parte perteneciente a la misma residencia estudiantil de los cuatro iniciales. Los hombres llevaban traje y corbata. Los estudiantes habían ido con sus tareas y estudiaban sentados en la barra. El miércoles se sumaron alumnos de Dudley High, la escuela secundaria negra de Greensboro, y el número de manifestantes aumentó a ochenta. Al llegar el jueves, ya eran trescientos, incluidas tres mujeres blancas de la universidad. El sábado, la multitud sentada había llegado a seiscientos y se había extendido hasta la calle. Adolescentes blancos hacían ondear banderas confederadas. Alguien tiró un petardo. Al mediodía, llegó el equipo de fútbol americano de la universidad: “Ahí viene el equipo de demolición”, gritó uno de los estudiantes blancos.
El lunes siguiente, las sentadas se habían extendido a Winston-Salem, a 45 kilómetros de distancia, y Durham, a 90 kilómetros. El martes, estudiantes del Fayetteville State Teachers College y del Johnson C. Smith College, se les unieron, seguidos el miércoles por estudiantes del St. Augustine’s College y la Universidad de Shaw. El jueves y el viernes, la protesta cruzó las fronteras del estado, emergiendo en Virginia, en Carolina del Sur y Tennessee. A fin de mes, había sentadas en todo el sur, incluso en lugares tan al oeste como Texas.
A cada estudiante que me crucé le pregunté cómo había sido el primer día de sentadas en su campus”, escribió en la revista Dissent el politólogo Michael Walzer. “La respuesta era siempre la misma: ‘Fue como una fiebre. Todo el mundo quería ir’ ”. Finalmente, acabaron participando alrededor de 70.000 estudiantes. Miles fueron arrestados e incontables más judicializados. Estos hechos ocurridos a principios de los sesenta se convirtieron en una guerra por los derechos civiles que arrastró al sur durante el resto de la década –y sucedieron sin email, mensajes de texto, Facebook, ni Twitter–.
El mundo, nos dicen, está en medio de una revolución. Las nuevas herramientas de los medios de comunicación social han reinventado el activismo. Con Facebook, Twitter y similares, la relación tradicional entre la autoridad política y la voluntad popular ha sido alterada. Gracias a estas herramientas los que no tienen poder cuentan con la facilidad de colaborar, coordinar y expresar sus preocupaciones. Durante la primavera de 2009, cuando 10.000 manifestantes se tomaron las calles de Moldavia para protestar contra el gobierno comunista de su país, la acción fue llamada “revolución Twitter”, por el medio que había reunido a los manifestantes.
Unos meses después, cuando las protestas estudiantiles estremecieron a Teherán, el Departamento de Estado iraní dio el inusual paso de pedir a los directivos de Twitter que suspendieran las reparaciones que tenían previstas para su sitio web, porque el gobierno de Irán no quería que esa herramienta crítica quedara fuera de servicio en el momento álgido de las manifestaciones. “Sin Twitter el pueblo de Irán no se habría sentido con suficiente poder o confianza como para alzarse por la libertad y la democracia”, escribió Mark Pfeifle, un antiguo asesor de seguridad nacional, después de que se nominara a Twitter para el Premio Nobel de la Paz.
Si antes los activistas se definían por sus causas, ahora se definen por sus instrumentos. Los guerreros de Facebook se ponen en línea para promover el cambio. “Ustedes son la mayor esperanza para todos nosotros”, declaró James K. Glassman, un antiguo alto funcionario del Departamento de Estado norteamericano, a un grupo de ciberactivistas en una conferencia reciente patrocinada por Facebook, AT&T, Howcast, mtv y Google. “Sitios como Facebook”, declaró Glassman, “le dan a Estados Unidos una ventaja significativa sobre los terroristas. Hace tiempo dije que Al Qaeda estaba comiéndonos en internet. Ya no es así. Al Qaeda se ha quedado en la Web 1.0. Internet ahora es interactividad y diálogo”.
Ésas son afirmaciones tajantes pero confusas. ¿Qué importa quién se come a quién en internet? ¿Es la gente que ingresa a su página de Facebook la gran esperanza para nosotros? En lo que respecta a Moldavia y su llamada “revolución Twitter”, Evgeny Morozov, un académico de Stanford que ha sido el más persistente de los críticos del evangelismo digital, señala que Twitter tuvo una importancia interna marginal en un país en que existen pocas cuentas de esta red social. Tampoco parece haber sido una revolución en sentido estricto, al menos porque las protestas –como sugirió Anne Appelbaum en The Washington Post– bien podrían haber sido un montaje preparado por el gobierno. (En un país temeroso del revanchismo rumano, los manifestantes izaron una bandera de Rumania en lo alto del edificio del Parlamento.) Mientras en el caso iraní, la gente que tuiteaba sobre las manifestaciones estaba casi toda en Occidente.
Es hora de aclarar el papel de Twitter en los sucesos de Irán”, escribió Golnaz Esfandiari el verano pasado en Foreign Policy. “No hubo una revolución Twitter en Irán”. Según Esfandiari, todos los prominentes blogueros –con la estrella de las redes sociales, Andrew Sullivan, a la cabeza– malinterpretaron la situación. “Los periodistas occidentales que no podían –o que ni siquiera intentaban– tener contacto directo con la gente en Irán simplemente buscaron entre los tuits publicados bajo la etiqueta #iranelection. A nadie pareció interesarle saber por qué la gente que trataba de organizar protestas en Irán escribía en cualquier otro idioma que no fuera el persa”.
Parte de esa rimbombancia era de esperarse. Los innovadores tienden al solipsismo. A menudo quieren embutir cada hecho y experiencia dentro de su nuevo modelo. Como escribió el historiador Robert Darnton: “Las maravillas de la tecnología de la comunicación en el presente han producido una falsa conciencia con respecto al pasado; incluso la idea de que la comunicación carece de historia, o no tiene nada importante que considerar antes de los días de la televisión e internet”. Pero hay algo más ahí, en el sobredimensionado entusiasmo hacia las redes sociales. Cincuenta años después de uno de los más extraordinarios episodios de cambio social en la historia de Estados Unidos, parecemos haber olvidado la esencia del activismo.
Greensboro a principios de los sesenta era el tipo de lugar en el que la insubordinación racial se enfrentaba a diario con la violencia. Los cuatro primeros estudiantes que se sentaron en el mostrador estaban aterrorizados. “Supongo que si alguien hubiera llegado por detrás y gritado ‘¡Buuu!’ me hubiera caído del asiento”, declaró uno de ellos más tarde. El primer día, el administrador de la tienda avisó al jefe de policía y éste envió de inmediato a dos agentes. El tercer día, un grupo de matones blancos se presentó en el mostrador y se ubicó detrás de los manifestantes, murmurando epítetos ominosos como “negros cabeciquemados”. Un líder del Ku Klux Klan apareció. El sábado, a medida que crecían las tensiones, alguien llamó con una amenaza de bomba, y toda la tienda tuvo que ser evacuada.
Los peligros eran aún más claros en el Proyecto del Verano de la Libertad de Mississippi de 1964, otra de las campañas del Movimiento por los Derechos Civiles. El Comité Coordinador Estudiantil No Violento reclutó a cientos de voluntarios blancos del norte para administrar las “escuelas de la libertad”, registrar votantes negros y promover la preocupación sobre los derechos civiles en el Profundo Sur. Se les instruyó: “Nadie debe ir a ninguna parte solo, sobre todo no en automóvil y desde luego nunca de noche”. Pocos días después de llegar a Mississippi, tres voluntarios –Michael Schwerner, James Chaney y Andrew Goodman– fueron secuestrados y asesinados. Durante el resto del verano, 37 iglesias negras fueron quemadas y docenas de casas francas bombardeadas; los voluntarios fueron golpeados, tiroteados, arrestados o perseguidos por camionetas llenas de gente armada. Una cuarta parte de los que estaban en el programa lo abandonaron. El activismo que desafía el statu quo –que ataca problemas profundamente enraizados– no es para los ánimos vacilantes.
¿Qué hace que la gente sea capaz de ejercer este tipo de activismo? El sociólogo de Stanford, Doug McAdam, comparó a los que abandonaron y los que se quedaron en el Verano de la Libertad, y descubrió que la diferencia clave no era, como cabría esperar, el fervor ideológico. “Todos los voluntarios –participantes y retirados por igual– resultaron estar sumamente comprometidos, educados en los objetivos y valores del programa”. Lo que más importaba era el grado de conexión personal del voluntario con el Movimiento por los Derechos Civiles. Todos los voluntarios tenían que dar una lista de contactos personales –la gente que querían mantener informada sobre sus actividades–, y los que participaron, a diferencia de los que abandonaron, eran más dados a tener amigos que también iban a Mississippi. El activismo de alto riesgo, concluye McAdam, es un fenómeno que supone fuertes lazos personales.
Esta constante reaparece una y otra vez. Un estudio de las Brigadas Rojas, el grupo terrorista italiano de los setenta, encontró que el 70% de los reclutas tenía por lo menos un buen amigo que ya hacía parte de la organización. Lo mismo vale para los hombres que se unieron a los mujaidines en Afganistán. Incluso acciones revolucionarias que parecen espontáneas, como las manifestaciones de Alemania Oriental que condujeron a la caída del Muro de Berlín, eran en su núcleo un fenómeno de fuertes lazos personales. El movimiento opositor de Alemania Oriental consistía en varios cientos de grupos, cada uno de ellos con alrededor de una docena de miembros. Cada grupo tenía un contacto limitado con los otros; en aquel momento solo el 13% de los alemanes orientales tenía un teléfono. Lo único que sabían era que los lunes por la noche, fuera de la Iglesia de San Nicolás en el centro de Leipzig, la gente se reunía para expresar su cólera contra el Estado. Y para discriminar entre quienes se presentaban, el elemento determinante eran los “amigos críticos”: cuantos más amigos tenías que criticaban el régimen, más fácil era que te unieses a la protesta.
Así, un dato crucial sobre los cuatro estudiantes del mostrador de Greensboro –David Richmond, Franklin McCain, Ezell Blair y Joseph McNeil– era la relación que tenían. McNeil compartía cuarto con Blair en la residen-cia Scott Hall. Richmond compartía cuarto con McCain una planta más arriba, y Blair, Richmond y McCain habían ido todos a la misma escuela. Los cuatro metían cerveza de contrabando en el dormitorio y hablaban hasta tarde en la habitación de Blair y McNeil. Los cuatro recordaban el asesinato de Emmett Till en 1955, el boicot de autobuses en Montgomery ese mismo año y el enfrentamiento de Little Rock en 1957. Fue McNeil quien propuso la idea de sentarse en Woolworth. Lo discutieron durante casi un mes. Entonces McNeil se presentó en el cuarto y preguntó a los otros si estaban listos. Hubo una pausa y McCain dijo, de esa manera que solo funciona entre quienes hablan hasta altas horas de la noche: “¿Qué, les da culillo o qué?”. Al día siguiente, Ezell Blair consiguió el valor necesario para pedir una taza de café porque estaba flanqueado por su compañero de cuarto y dos buenos amigos de la secundaria.
El tipo de activismo asociado con las redes sociales no es tal. Las plataformas de relaciones sociales están construidas en torno a lazos informales. Twitter es una forma de seguir a (o de ser seguido por) gente que tal vez nunca hayas visto. Facebook es una herramienta para administrar a tus conocidos, para mantenerte al día con gente con la que de otra manera no estarías en contacto. Es por eso que puedes tener mil “amigos” en Facebook, cantidad que nunca tendrías en el mundo real.
En muchos sentidos se trata de algo maravilloso. Hay fuerza en los lazos débiles, como ha observado el sociólogo Mark Granovetter. Nuestros conocidos –no nuestros amigos– son nuestra mayor fuente de ideas nuevas e información. Internet nos permite sacar provecho de esas conexiones distantes con maravillosa eficiencia. Es magnífico para la difusión de la innovación, la colaboración interdisciplinaria, para relacionar continuamente a compradores y vendedores, y para las funciones logísticas del mundo de las citas. Pero los lazos informales rara vez conducen a un activismo de alto riesgo.
En un libro reciente titulado The Dragonfly Effect: Quick, Effective, and Powerful Ways to Use Social Media to Drive Social Change, el asesor comercial Andy Smith y la profesora de la Escuela de Negocios de Stanford, Jennifer Aaker, cuentan la historia de Sameer Bhatia, un joven empresario de Silicon Valley que enfermó de una grave leucemia. Es el ejemplo perfecto de las fortalezas de las redes sociales. Bhatia necesitaba un trasplante de médula, pero no pudo encontrar un donante compatible entre sus parientes y amigos. Las posibilidades de compatibilidad eran mayores con un donante de su propia etnia, pero había poca gente del sudeste asiático en la base nacional de datos sobre donantes de médula. Así que el socio de Bhatia mandó un email explicando su problema a más de cuatrocientos conocidos, que a su vez reenviaron el email a sus contactos personales; se crearon páginas en Facebook y videos en YouTube para la campaña de ayuda a Sameer. Finalmente, cerca de 25.000 personas más se inscribieron en el registro de donantes de médula, y Bhatia encontró un donante compatible.
¿Pero cómo consiguió esta campaña que tanta gente firmase? Sin pedir demasiado de ellos. Es la única manera de conseguir que alguien que no te conoce en realidad haga algo por ti. Puedes conseguir que miles de personas firmen en el registro de donantes, porque hacerlo es muy fácil. Tienes que mandar una muestra de saliva de la parte interior de la mejilla y –en el improbable caso de que tu médula sea compatible con la de alguien que necesita el trasplante– pasar algunas horas en el hospital. Donar médula espinal no es una cuestión trivial. Pero no implica riesgo financiero o personal; no significa pasar un verano perseguido por gente armada en camionetas. No requiere que te enfrentes a normas sociales ni a prácticas de atrincheramiento. En realidad, es el tipo de compromiso que tan solo puede acarrear reconocimiento social y elogio.
Los predicadores de las redes sociales no comprenden esta diferencia; parecen creer que un amigo de Facebook es lo mismo que un amigo de verdad, y que firmar en el registro de donantes de Silicon Valley es activismo en el mismo sentido que haberse sentado en un mostrador segregado en Greensboro en 1960. “Las redes sociales son particularmente efectivas para aumentar la motivación”, escriben Aaker y Smith. Pero no es cierto. Las redes sociales son efectivas para aumentar la participación, porque rebajan el nivel de motivación que esa participación requiere. La página de Facebook de la Save Darfur Coalition tiene 1.282.339 miembros, que han donado una media de nueve centavos de dólar cada uno. La institución de caridad con Darfur que le sigue en número de miembros en Faceboook tiene 22.073, donantes de una media de 35 centavos de dólar. Help Save Darfur tiene 2.797 miembros, con una media de quince centavos. Un portavoz de la Save Darfur Coalition declaró a Newsweek: “No juzgamos el valor que tiene cada persona para el movimiento con base en sus aportes económicos. Se trata de un poderoso mecanismo para comprometer a esa población crítica. Los miembros informan a su comunidad, participan en eventos, son voluntarios. Es algo que no puede medirse mirando un libro de cuentas”. En otras palabras, el activismo de Facebook triunfa no por motivar a la gente a hacer sacrificios reales sino por impulsarla a hacer pequeñas acciones que no requieren mayor compromiso. Estamos muy pero muy lejos del mostrador de Greensboro.
Los estudiantes que se unieron a las sentadas a todo lo largo del sur durante el verano de 1960 describieron el proceso como una “fiebre”. Pero el Movimiento por los Derechos Civiles fue más una campaña militar que un contagio masivo. A finales de los cincuenta, hubo dieciséis sentadas en varias ciudades del sur, quince de las cuales fueron formalmente lideradas por organizaciones como la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP) y el Congreso para la Igualdad Social (CORE). Se exploraban posibles lugares para las manifestaciones. Se trazaban planes. Los activistas tenían sesiones de entrenamiento y retiros para posibles manifestantes. Los Cuatro de Greensboro eran producto de ese trabajo sobre el terreno: todos eran miembros del Consejo de la Juventud de la NAACP. Tenían lazos cercanos con el responsable local de la organización. Conocían bien todo lo relacionado con la ola anterior de sentadas en Durham, y habían participado en reuniones del movimiento en iglesias activistas. Cuando la protesta se extendió desde Greensboro a través del sur, no lo hizo de forma indiscriminada. Se extendió a aquellas ciudades que tenían “centros del movimiento” preexistentes –un núcleo de activistas dedicado y entrenado, listo para transformar la “fiebre” en acción.
El Movimiento por los Derechos Civiles fue un activismo de alto riesgo. Fue también, fundamentalmente, un activismo estratégico; un reto a las autoridades, organizado con precisión y disciplina. La NAACP era una organización centralizada, dirigida desde Nueva York de acuerdo a unos procedimientos de trabajo rigurosamente formalizados. En la Conferencia Sur de Liderazgo Cristiano, Martin Luther King era la autoridad incuestionable. En el centro del movimiento estaba la Iglesia negra que tenía, como señala Aldon D. Morris en su soberbio estudio de 1984, The Origins of the Civil Rights Movement, una división de funciones cuidadosamente establecidas, con varios comités y grupos disciplinados. “Cada grupo tenía designada una labor específica y coordinaba sus actividades a través de estructuras de autoridad”, escribe Morris. “Cada uno debía responder por sus tareas individualmente, y los conflictos importantes eran resueltos por el ministro, que usualmente ejercía la máxima autoridad sobre la congregación”.
Ésta es la segunda distinción fundamental entre el activismo tradicional y su variante online: los medios de comunicación no son organizaciones jerárquicas. Facebook y sus similares constituyen herramientas para construir redes, que son lo contrario, en estructura y carácter, de las jerarquías. De modo opuesto a las jerarquías, con sus reglas y procedimientos, las redes no son controladas por una autoridad única. Las decisiones se toman a través del consenso, y los lazos que unen a la gente son informales.
Esta estructura hace a las redes sumamente elásticas y adaptables en situaciones de bajo riesgo. Wikipedia es un ejemplo perfecto. No tiene un editor, sentado en Nueva York, que dirija y corrija cada entrada. El esfuerzo de articular el contenido es autoorganizado. Si cada entrada de Wikipedia se borrase mañana, el contenido sería rápidamente restaurado, porque eso es lo que pasa cuando una red de miles consagra espontáneamente su tiempo a una tarea.
Hay muchas cosas, sin embargo, que las redes no hacen bien. Las compañías automovilísticas usan una red para organizar a sus cientos de proveedores, pero no para diseñar los coches. Nadie cree que una filosofía coherente del diseño sea mejor administrada por un extenso sistema sin líderes. Como las redes no tienen una estructura centralizada de liderazgo ni líneas claras de autoridad, enfrentan problemas reales a la hora de alcanzar el consenso y fijar los objetivos. No pueden pensar estratégicamente; son propensas al conflicto y al error. ¿Cómo se pueden hacer elecciones difíciles sobre la estrategia o la orientación filosófica cuando todas las opiniones tienen el mismo valor?
La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) nació como una red, y los expertos en relaciones internaciones de Mette Eilstrup-Sangiovanni y Calvert Jones argumentan, en un ensayo reciente publicado en International Security, que fue por eso que tuvo tantos problemas al crecer. “Características estructurales típicas de las redes –la ausencia de una autoridad central, el desconocimiento de la autonomía de grupos rivales y la incapacidad para mediar conflictos a través de mecanismos formales– hicieron a la OLP excesivamente vulnerable frente a la manipulación externa y el conflicto interno”.
En la Alemania de los setenta, prosiguen los expertos, “los más unificados y exitosos terroristas de extrema izquierda tendieron a organizarse jerárquicamente, con una administración profesional y una marcada división de tareas. Estaban concentrados geográficamente en las universidades, donde podían establecer un liderazgo central, confianza y camaradería, a través de reuniones habituales cara a cara”. Rara vez traicionaron a sus camaradas durante los interrogatorios policiales. Su contraparte de la derecha estaba organizada como un conjunto de redes descentralizadas que carecían de esa disciplina. Esos grupos eran infiltrados con frecuencia, y sus miembros, una vez arrestados, entregaban sin mucha resistencia a sus copartidarios. De manera similar, Al Qaeda era más peligrosa cuando tenía una jerarquía unificada. Ahora que se ha difuminado en una red, ha demostrado ser mucho menos efectiva.
Los problemas de las redes apenas importan si no existe el proyecto de un cambio sistemático –si tan solo se quiere asustar, humillar o hacer ruido–. Pero si estás atacando a un sistema poderoso y organizado necesitas tener una jerarquía. El boicot de los autobuses en Montgomery requería la participación de decenas de miles de personas que dependían del transporte público para ir y volver del trabajo cada día. Tomó un año persuadir a esa gente de que permaneciera fiel a la causa; los organizadores del boicot encargaron a cada iglesia negra local que mantuviese la moral, y organizaron un servicio de transporte alternativo gratuito. Incluso el Consejo de Ciudadanos Blancos, dijo King más tarde, reconoció que el servicio funcionó con “precisión militar”. Cuando King llegó a Birmingham, para su enfrentamiento crucial con el comisionado de policía Eugene “Bull” Connor, contaba con un presupuesto de un millón de dólares y un centenar de trabajadores a tiempo completo sobre el terreno, divididos en unidades de trabajo. La operación misma estaba dividida en varias fases preparadas de antemano. El apoyo se mantenía a través de reuniones consecutivas en masa, rotando de iglesia en iglesia a través de la ciudad.
Boicots, sentadas y enfrentamientos no violentos –las armas que escogió el Movimiento por los Derechos Civiles– son estrategias de alto riesgo. Dejan poco espacio para el error. En el momento en que un solo manifestante se desvía del guión y responde a la provocación, la legitimidad moral de toda la protesta queda comprometida. Los entusiastas de las redes sociales nos querrán hacer creer que el trabajo de King en Birmingham habría sido muchísimo más fácil si se hubiera podido comunicar con sus seguidores a través de Facebook, y se hubiera contentado con tuitear desde una cárcel de Birmingham. Pero las redes son confusas: piensen en lo constante e incesante de la corrección y la revisión, las enmiendas y el debate, que caracterizan a la Wikipedia. Si Martin Luther King hubiera intentado un wikiboicot en Montgomery, habría sido arrollado por las estructuras blancas de poder. ¿Y para qué hubiera servido una herramienta de comunicación digital en una ciudad en la que el 98% de la comunidad negra estaba todos los domingos por la mañana en la iglesia? Lo que King necesitaba en Birmingham –disciplina y estrategia– eran cosas que las redes sociales no podían darle.
La biblia del movimiento de las redes sociales es Here Comes Everybody, de Clay Shirky, profesor en la Universidad de Nueva York, un libro pensado para demostrar el poder organizativo de internet. Comienza con la historia de Evan, quien trabajaba en Wall Street, y su amiga Ivanna, después de que ésta dejase su celular, un caro Sidekick, en el asiento trasero de un taxi de Nueva York. La compañía telefónica transfirió los datos del teléfono perdido de Ivanna a un nuevo teléfono, con lo cual ella y Evan descubrieron que el Sidekick estaba ahora en manos de una adolescente de Queens, que lo usaba para tomarse fotos con sus amigos.
Cuando Evan mandó un email a la adolescente, llamada Sasha, pidiendo que le devolviera el teléfono, ella contestó que su “culo blanco” no merecía tenerlo de vuelta. Molesto, él creó una página web con la foto de Sasha y una descripción de lo que había sucedido. Mandó el link a sus amigos, y éstos se lo mandaron a sus amigos. Alguien encontró el MySpace del novio de Sasha y llegó hasta el sitio por un vínculo en la página. Alguien encontró su dirección en línea y mientras conducía grabó un video de su casa: Evan colocó el video en el sitio. La historia fue seleccionada por el filtro de noticias Digg. Evan recibía ahora diez emails por minuto. Creó un tablero de anuncios para que sus lectores compartiesen sus historias, pero éste se hundió por la cantidad abrumadora de respuestas. Evan e Ivanna acudieron a la policía, pero la policía archivó el informe como “perdido” y no como “robado”, con lo cual, en esencia, daba el caso por cerrado. “En aquel momento millones de lectores estaban mirando –escribe Shirky– y docenas de medios de prensa masiva habían cubierto la historia”. Cediendo ante la presión, la policía de Nueva York reclasificó el objeto como “robado”, Sasha fue detenida y Evan consiguió de vuelta el Sidekick de su amiga.
El argumento de Shirky es que éste es el tipo de cosas que nunca hubiera sucedido antes de la era de internet –y tiene razón. La historia del Sidekick nunca hubiera recibido publicidad. Un ejército de gente nunca se habría reunido para combatir en esta lucha. La policía no hubiera cedido ante la presión de una sola persona que reclamaba algo tan trivial como un teléfono móvil. La historia, según Shirky, ilustra la “facilidad y velocidad con que un grupo puede movilizarse por la causa justa” en la era de internet.
Shirky considera este modelo de activismo como un avance. Pero es simplemente una forma de organizarse que favorece los lazos informales a través de los que accedemos a la información, en contraposición a los lazos fuertes que nos ayudan a perseverar frente al peligro. Desvía nuestras energías de organizaciones que promueven cambios estratégicos y actividad disciplinada, hacia aquellos que promueven elasticidad y adaptabilidad. Hace más fácil que los activistas se expresen y más difícil que esa expresión tenga cualquier tipo de impacto. Las herramientas de comunicación social sirven para hacer que el orden social existente sea más eficiente. Si opinas que todo lo que el mundo necesita son algunos retoques en los bordes, esto no deberá preocuparte. Pero si piensas que siguen existiendo barras en los cafés que necesiten acabar con la discriminación, eso debería darte que pensar.
Shirky acaba la historia del Sidekick preguntando: “¿Ahora qué pasará?”, imaginando, sin duda, futuras olas de protestas digitales. Pero ya ha contestado la pregunta. Lo que pasa después es más de lo mismo. Un mundo de conexiones débiles sirve para que los ejecutivos de Wall Street recuperen sus celulares de las manos de muchachitas adolescentes. ¡Viva la revolución!