jueves, 12 de marzo de 2009

jueves, 29 de enero de 2009

El Futurismo

Habíamos velado insomnes toda la noche—mis amigos y yo—bajo los lampadarios de cobre en cuyas cúpulas lucía como en nuestro espíritu un corazón eléctrico, Aherrojada nuestra pereza, discutÍamos en los confines extremos de la lógica y preñábamos cuartillas y cuartillas con frenética exaltación.Un inmenso orgullo nos hinchaba el pecho y nos sentíamos erguidos y solos como faros o como centinelas en la avanzada, de frente al ejército estelar nuestro enemigo, acampado en su vivac celeste. Solos con los fogoneros en las entrañas fulmíneas de los grandes navíos, solos con los negros fantasmas que se abaten en el vientre rojo, incendiado, de las histéricas locomotoras, solos con esos seres embriagados que pegan con sus alas en los muros.Cuando de pronto, bruscamente nos ha distraido el rodar de los enormes tranvías de doble piso que pasan sonantes, con sobresalto, rebosando luz, semejando un caserío en plena fiesta, al que el Po, desbordado, musculoso, exterminará de pronto para arrastrarlo después en el remolino y en las marejadas de un diluvio, hasta el mar.Después el silencio se ha apagado. Se ha percibido sólo la oración extenuada del viejo canal y el rechinar de los huesos de los viejos palacios, moribundos bajo el bello húmedo y verde de su fachada y de sus losas.—¡Vamos!—dije a mis amigos—¡Partamos! Al fin la Mitología y el Ideal místico han sido sobrepujados. Vamos a asistir al nacimiento del Centauro y veremos volar los primeros Ángeles.¡Es necesario abatir forzadamente las puertas de la vida para probar sus goznes y sus cerrojos! ¡Partamos! He aqui el primer sol elevándose sobre la tierra... Nada iguala el esplendor de su roja espada, esgrimida por primera vez en nuestras tinieblas milenarias. Nos acercamos a las tres máquinas jadeantespara persuadir su corazón.Yo me alargué sobre la mía como un cadáver en su ataúd, pero resucité en seguida bajo el volante—cuchilla de guillotina—que amenazaba mi estómago.La gran escoba de la locura nos arrancó a nosotros mismos lanzándonos a través de las avenidas más escarpadas y profundas como torrentes deshechos. Aqui y acullá luces sórdidas, nos querían enseñar el desprecio a la falaz matemática de nuestras concepciones.—El olfato—gritábales—el olfato les basta a las fieras.Cazamos, como jóvenes leones a la Muerte de negro pelaje manchado de pálidas cruces, cuando se nos apareció viva y posesa, sobre el vasto cielo violáceo.¡Oh! ¡Qué bien! ¡Ya no teníamos ninguna Señora ideal, de esas altas hasta las nubes, ni ninguna reina cruel a quien ofrecer nuestros cadáveres a guisa de anillos bizantinos!¡No teníamos ninguna predilección por la muerte, a no ser el deseo de desembarazarnos de nuestro pesado y recio coraje!Seguimos arrasando todos los perros guardianes, aplastándoles bajo los neumáticos, enrrollándoles, como a los cuellos postizos una plancha.La muerte acariciante y servil se me adelantaba a cada paso y en todos los recodos, otreciéndome galantemente la pata. Se tendía sobre el camino con un ruido de huesos dislocados y estridentes, y me lanzaba miradas aterciopeladas desde el fondo de sus cuencas.—Abandonemos la sabiduría—exclamé de nuevo—como ganga inútil v perjudicial! ¡Invadamos como un fruto pimentado de orgullo y de entereza, las fauces inmensas del viento! ¡Démosnos a comer a lo desconocido no por desesperación, sino simplemente para enriquecer los insondables reservorios del absurdo!Después de decir esas palabras viré bruscamente sobre mi mismo con la fiebre loca, desposeída, de los perros que se muerden la cola, cuando he aqui que dos ciclistas comienzan a discutirme con razonamientos persuasivos y contradictorios. ¡Su dilema lanzado sobre mi terreno! ¡Qué fastidio! ¡Puah! Corté por lo sano, y hastiado... ¡Paf!... me arrojé de cabeza a un foso...¡Oh! ¡Maternal foso medio lleno de agua fangosa! ¡Foso de fábrica! ¡Yo he saboreado glotonamente tu lodo fortificante que me recuerda las mamas negras de mi nodriza sudanesa.Asi, arrojado mi cuerpo mal oliente y fangoso, he sentido a la espada roja de la alegría atravesarme deliciosamente el corazón.Una turba de pescadores de caña y de naturalistas podagreux se reunieron espantados alrededor del prodigio. Con un espíritu cazurro y relapso, procuraron por todos los medios, valiéndose de unos grandes arpones de hierro, pescar mi automóvil, parecido a un gran tiburón estancado.Entonces surgió otra vez de la fosa abandonando su pesada carga de buen sentido y su mórbido y confortable enguatado.Se le hubiera creído muerto, a mi buen tiburón, pero con solo una caricia sobre su lomo todopoderoso ha resucitado y hele ya corriendo con toda velocidad sobre sus aletas.Entonces, al fin, el rostro cubierto del cieno de las fábricas, lleno de escorias de metal, de sudores inútiles y de hollin celeste, llevando los brazos en cabestrillo, entre el lamento de los pescadores con cana y de los naturalistas afligidos, dictamos nuestras primeras voluntades a todos los hombres vivientes de la tierra.

Manifiesto del Futurismo
I. Queremos cantar el amor al peligro, a la fuerza y a la temeridad.


II. Los elementos capitales de nuestra poesía, serán el coraje, la audacia y la rebelión.

III. Contrastando con la literatura que ha magnificado hasta hoy la inmovilidad de pensamiento, el éxtasis y el sueño, nosotros vamos a glorificar el movimiento agresivo, el insomnio febriciente, el paso gimnástico, el salto arriesgado, las bofetadas y el puñetazo.


IV. Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido de una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carrera con su vientre ornado de gruesas tuberías, parecidas a serpientes de aliento explosivo y furioso... un automóvil que parece correr sobre metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotrhacia.


V. Queremos cantar al hombre que es dueño del volante cuyo eje ideal atraviesa la Tierra lanzada sobre el circuito de su órbita.


Vl. Es necesario que el poeta se desviva, con ardor, con fuego, con prodigalidad por aumentar el fervor entusiasta de los elementos primordiales, su ignición.


Vll. No hay belleza más que en la lucha. No debe admitirse un jefe de escuela si no tiene un carácter recalcitrantemente violento. La poesía debe ser un asalto agresivo contra las fuerzas anónimas y desconocidas para hacerlas que se inclinen ante el hombre.


VlIl. ¡Estamos sobre el promontorio extremo de los siglos! ¿A qué mirar detrás de nosotros, que es como ahondar en la misteriosa alforja de lo imposible? El Tiempo y el Espacio han muerto. Vivimos ya en el Absoluto, puesto que hemos creado la celeridad omnipresente.


IX. Queremos glorificar la guerra—única higiene del mundo—el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas que matan y el desprecio a la mujer.


X. Queremos demoler los museos, las bibliotecas, combatir el moralismo, el feminismo y todas las cobardías oportunistas y utilitarias.


XI.Cantaremos a las grandes muchedumbres agitadas por el trabajo, el placer o la rebeldía, las resacas multicolores y polifonas de las revoluciones en las capitales modernas: la vibración nocturna de los arsenales y de los almacenes bajo sus violentas lunas eléctricas, las estaciones ahitas, pobladas de serpientes atezadas y humosas, las fábricas suspendidas de las nubes por el bramante de sus chimeneas; los puentes parecidos al salto de un gigante sobre la cuchillería diabólica y mortal de los ríos, los barcos aventureros olfateando siempre el horizonte, las locomotivas en su gran chiquero, que piafan sobre los railes, bridadas por largos tubos fatalizados, y el vuelo alto de los aeroplanos, en los que la hélice tiene chasquidos de banderolas y de salvas de aplausos, salvas calurosas de cien muchedumbres.
Lanzamos en Italia este manifiesto de heroica violencia y de incendiarios incentivos, porque queremos librarla de su gangrena de profesores, arqueólogos y cicerones.Italia ha sido durante mucho tiempo el mercado de los chalanes. Queremos librarla de los innumerables museos que la cubren de innumerables cementerios.¡Museos, cementerios! ¡Tan idénticos en su siniestro acodamiento de cuerpos que no se distinguen! Dormitorios públicos donde se duerme siempre junto a seres odiados o desconocidos. Ferocidad recíproca de pintores y escultores matándose a golpes de línea y de color en el mismo museo.¡Que se les haga una visita cada año como quien va a visitar a sus muertos llegaremos a justificarlo!... ¡Que se depositen flores una vez por año a los pies de la Joconda también lo concebimos!... ¡Pero ir a pasear cotidianamente a los museos, nuestras tristezas, nuestras frágiles decepciones, nuestra cólera o nuestra inquietud, no lo admitimos!¿Queréis emponzoñaros? ¿Queréis podriros? ¿Qué podéis encontrar en un anciano cuadro si no es la contorsión penosa del artista esforzándose por romper las barreras infranqueables de su deseo de expresar enteramente su sueño?Admirar una vieja obra de arte es verter nuestra sensibilidad en una urna funeraria en lugar de emplearla más allá en un derrotero inaudito, en violentas empresas de creación y acción. ¿Queréis malvender asi vuestras mejores fuerzas en una admiración inútil del pasado de la que saldréis aciagamente consumidos, achicados y pateados?En verdad que la frecuentación cotidiana de los museos, de las bibliotecas y de las academias (¡esos cementerios de esfuerzos perdidos, esos calvarios de sueños crucificados, esos registros de impetuosidades rotas...!) es para los artistas lo que la tutela prolongada de los parientes para los jóvenes de inteligencia, esfervecidos de talento y de voluntad.Sin embargo, para los moribundos, para los inválidos y para los prisioneros, puede ser bálsamo de sus heridas el admirable pasado, ya que el porvenir les está prohibido. ¡Pero nosotros no, no le queremos, nosotros los jóvenes, los fuertes y los vivientes futuristas!¡Con nosotros vienen los buenos incendiarios con los dedos carbonizados! ¡Heles aquí! ¡Heles aquí! ¡Prended fuego en las estanterías de las bibliotecas! ¡Desarraigad el curso de los canales para inundar los sótanos de los museos! ¡Oh! ¡Que naden a la deriva los cuadros gloriosos! ¡Sean nuestros los azadones y los martillos! ¡Minemos los cimientos de las ciudades venerables!...
Los más viejos entre nosotros no tienen todavía treinta años; por eso nos resta todavía toda una década para cumplir nuestro programa. ¡Cuando tengamos cuarenta años que otros más jóvenes y más videntes nos arrojen al desván como manuscritos inútiles!...Vendrán contra nosotros de muy lejos, de todas partes, saltando sobre la ligera cadencia de sus primeros poemas, agarrando el aire con sus dedos ganchudos, y respirando a las puertas de las Academias el buen olor de nuestros espíritus podridos, va destinados a las sórdidas catacumbas de las bibliotecas!...
Pero no, nosotros no iremos nunca allá. Los nuevos adelantos nos encontrarán al fin, una noche de invierno, en plena campiña, bajo un doliente tinglado combatido por la lluvia, acurrucados cerca de nuestros aeroplanos trepidantes, en acción de calentarnos las manos en la fogata miserable que nutrirán nuestros libros de hoy ardiendo alegremente bajo el vuelo luminoso de sus imágenes.Se amotinarán alrededor de nosotros, desbordando despecho, exasperados por nuestro coraje infatigable, y se lanzarán a matarnos con tanto más denuedo y odio, cuanto mayores sean la admiración y el amor que nos tengan en sus entrañas.Y la fuerte y sana injusticia estallará radiosamente en sus ojos. Y estará bien. Porque el arte no puede ser más que violencia, injusticia y crueldad.Los más viejos de entre nosotros no tenemos aún treinta años, y por lo tanto hemos despilfarrado ya grandes tesoros de amor, de fuerza, de coraje y de dura voluntad, con precipitación, con delirio, sin cuenta, sin perder el aliento, a manos llenas.¡Miradnos! ¡No estamos sofocados! ¡Nuestro corazón no siente la más ligera fatiga! ¡Está nutrido de fuego, de valor y de velocidad! ¿Esto os asombra? ¡Es que vosotros no os acordáis de haber vencido nunca!
En pie sobre la cima del mundo arrojamos nuestro reto a las estrellas!
¿Vuestras objeciones? ¡Basta! ¡Basta! ¡Las conocemos! ¡Son las consabidas! ¡Pero estamos bien cerciorados de lo que nuestra bella y falsa inteligencia nos afirma!–Nosotros no somos–decís–más que el resumen y la prolongación de nuestros antepasados.¡Puede ser! ¡Sea! ¿Y qué importa? ¡Es que nosotros no queremos escuchar! ¡Guardaros de repetir vuestras infames palabras! ¡Levantad, más bien, la cabeza!
¡En pie sobre la cima del mundo lanzamos una vez más el reto a las estrellas!

F.T. Marinetti,"Le Futurisme", Le Figaro, 20 de febrero de 1909. Ofrecemos aquí la traducción de Ramón Gómez de la Serna publicada en la revista Prometeo (II, n¼ VI, abril 1909).

jueves, 8 de enero de 2009

Spartan Society


En El retorno de los brujos, ese libro en gran parte culpable, por más que muchos lo oculten con temor o vergúenza, de la popularización de las más estúpidas tesis sobre el nazismo esotérico incluso entre gente a la que creemos seria, los autores, Pauwels y Bergier escriben estas líneas cargadas de horror y oscuras premoniciones (que es lo normal en un libro sobre brujos). “Dante, en La Divina Comedia, describe con precisión la Cruz del Sur, constelación invisible en el hemisferio norte y que ningún viajero de su tiempo pudo haber descubierto. Swift, en el Viaje a Laputa, da las distancias y el período de rotación de los dos satélites de Marte, desconocidos en su época. Cuando el astrónomo americano Asaph Hall los descubre, en 1877, y advierte que sus mediciones concuerdan con las indicaciones de Swift, presa de una especie de pánico los denomina Fobos y Deimos: miedo y terror. En 1896, un escritor inglés, M P. Shiel, publica una novela en la que aparece una banda de monstruos criminales que asolan Europa, matan a las familias que consideran perjudiciales al progreso de la Humanidad, y queman los cadáveres. Titula su novela: Las SS.”

Para un lector español esas líneas eran por lo menos numinosas – palabra que no existe en el mundo real y entre la gente que se considera normal, pero sí entre los aficionados a Lovecraft—. tanto más que Shiel era un autor no traducido al castellano y difícil de encontrar incluso en otros idiomas. A veces gran parte del espanto, o del encanto de una cosa, consiste en desconocerla. Ahora Shiel ha sido finalmente traducido a nuestro idioma y podemos leer las líneas que causaron tanto horror a los dos autores franceses para llegar a la conclusión que de horrible nada y de premonitorio poco y por el lado que nadie, entre los esotéricos, parece ver. Las SS es uno de los cuentos incluidos en el volumen El príncipe Zaleski.

El príncipe Zaleski consiste en tres historias de M. P. Shiel: “La estirpe de los Orven”, “La piedra de los monjes de Edmundsbury” y “La S. E.”, que en inglés se convierte en “The S. S.” (por de Spartan Society).

Esta tercera historia está marcada por el interés la moda que en el momento de ser escrita causaban la frenología y la eugenesia. En ella una sociedad secreta, la Sociedad Espartana, se dedica a asesinar y hacer que parezcan suicidios a una serie de seres importantes pero indignos de vivir. El príncipe Zaleski, es el personaje central del libro, pero no su narrador. Zaleski es un detective aficionado que, en esto si que el autor se adelanta a su época, vive como Nero Wolfe vivirá mucho después (y con mucho más éxito de venta), encerrado en su casa, disfrutando de los más decadentes placeres y conduciendo sus investigaciones a través de un amigo-ayudante que es también el narrador de la historia. El príncipe descubre a través de las pautas de conducta de esos falsos suicidios la existencia de ese grupo secreto, desvela sus secretos gracias en parte a la criptografía, puesta de moda entre los detectives de novela gracias a Arsenio Lupin, y logra dar los datos que permitirán, tal vez, que la policía acabe con ella. Nada particularmente numinoso en el cuento… otra historia más de detectives racionalistas, firmemente anclados en el Siglo XIX, que sólo ha podido captar la imaginación de algunos aficionados al pseudoesoterismo pseudonazi, por el simple hecho de tener un título sonoro y no estar disponible. Ese último encanto lo ha perdido gracias a esta edición.

El libro en cuestión no es un mal libro. Ha envejecido, lo que por lo demás es más normal en las literaturas y géneros populares que en la gran literatura, pero es divertido a la manera de Poe o Conan Doyle y tan poco sorprendente, hoy, como aquellos. Tan horrible se ha vuelto nuestro mundo que los asesinos de esas novelas ya no nos causan horror…


EL PRÍNCIPE ZALESKI
M.P. SHIEL
EDHASA
219 PÁGINAS

miércoles, 31 de diciembre de 2008

1909-2009 Cien años de futurismo...

Motociclista de Fortunato Depero

Todo empezo en la Gran Guerra, la decadencia de Europa, su crisis demográfica, el largo periodo de guerras civiles que trajeron consigo al bolchevismo y el fascismo... pero antes de las vanguardias políticas habían aparecido las vanguardias culturales. Entre ellas el Futurismo: el arte de la revolución bolchevique y de la vanguardia fascista,

Y fueron tan rebeldes y destructores Depero en Italia como Rodchenko en Rusia...

Ha pasado un siglo y todavía vivimos, lo sepamos o no, a la sombra de aquel manifiesto...

martes, 30 de diciembre de 2008

Drieu La Rochelle sobre D.H. Lawrence


DHLawrence
El Cristo de D. H. Lawrence
Pierre Drieu La Rochelle

Traducción del francés de José Antonio Hernández García

Este texto ha sido tomado de un Website dedicado a la Nueva Derecha -- http://foster.20megsfree.com/index_es.htm -- y puede leerse completo en http://es.geocities.com/sucellus24/3061.html
aquí sólo se reproducen los párrafos iniciales por cuestión de espacio.

Se podría decir que este libro es un relato filosófico; lo afirmaría si el autor no fuera un novelista inglés. Aunque esta naracción tiene su punto de partida - fértil en símbolos- en un dios que prodiga sus complacencias en torno a algunos de los temas morales que han ilustrado la obra de D. H. Lawrence, su interés se centra en un carácter más bien particular. No obstante, en algunos puntos dudamos en conferirle la denominación de cuento filosófico con la connotación que le damos en el país de Villiers de l'Isle-Adam, de Anatole France o de Voltaire, para quien, por el contarario, la palabra tiene mayor importancia que quién la dice.
No, este no es en definitiva un cuento filosófico. Pero como indudablemente Lawrence quiso escribir uno, esta intención al menos lo ha ayudado a no caer nunca en el espacio de la alegoría autobiográfica que a veces suele rozar. Además, había encontrado en la idea de una segunda vida de Cristo a un personaje perfecto para un escritor, y en el que puede transparentar con acierto el fondo de sus propias experiencias, el ritmo de su vida y hasta el movimiento de su pluma. Todas sus veleidades subjetivas se habrían desvanecido si hubiese reconocido en su héroe a un hermano. Así, borra tales veleidades con numerosas y sorprendentes particularidades de un pariente que seguramente sólo testimoniaría lo esencial para él.

Aún así, cuando Lawrence escribió este relato - emotivo por su acento de veracidad- se encontraba cercano al final de su doloroso destino, que se volvía translúcido en todos los gestos de pasión que ya se habían expresado en su obra. Sus páginas están hechas de carbón blanco y de ceniza caliente. Después de muchos años de enfermedad, Lawrence moriría a los cuarenta y cuatro años.

Como su Cristo, Lawrence era un hombre que ya había tenido una muerte. Nadie mejor que él podía hablar de esos estados intermedios entre la vida y la muerte y, por lo tanto, todo eso, prodigiosamente presente, se encuentra al mismo tiempo continuamente relacionado con su otra visión. El hombre se une al dios - y uno y otro están aquí y allá, por fuera como dice Lawrence, pero dentro de la vida.

Al menos esto sucede así al principio, cuando el héroe todavía está cerca de la tumba. Pero es importante reconocer que este sentimiento del más allá o del más afuera, persiste durante mucho tiempo. Este crucificado vuelto hombre, renacido nuevamente como un viviente, permanece como moribundo casi hasta el último minuto de su aprendizaje; es un hombre enfermo de muerte.

Pero al mismo tiempo, en su derrededor, la vida es desbordante, viviente. Aquí también - o tal vez mejor que en sus páginas más brillantes- Lawrence nos hace sentir con una pasión irresistiblemente convincente la presencia viva de las piedras, las flores, los animales, del sol, de los humanos; de todo lo que este amoroso hombre tiene al morir en vida; de su sensibilidad febril que nos acomete y nos penetra. Nos impone un incomparable estado de doble mirada. Nos enferma como él para hacernos sentir una vida más intensa, más vívida. Incluso quienes no hayan conocido la guerra, la revolución o la más grave enfermedad - o aquellas mujeres que no han sabido lo que es un parto- serán finalmente tocadas por esta gracia fatal.

Estamos muy lejos de un Cándido que atraviesa difíciles pruebas, en ocasiones cruelmente duras. Cándido es un portento de salud al lado de este Jesús al que cada minuto de vida le destruye - diríamos- una fibra. Pero qué exquisita y simpática electricidad nos transmite esta fibra antes de colapsarse.

Ese es Lawrence, enfermo de muerte y amoroso de la vida como casi nunca lo hemos sido nosotros; sin duda nuestra época es igual. Existe en ello, entre el caso de un individuo y la situación de una época, un encuentro que libera un rayo. De allí el carácter profético de Lawrence.

Pero no nos anticipermos. Antes de reflexionar sobre esto, gocemos sin restringirnos a esta historia en particular, conmovedora por sus detalles familiares. Allí, Lawrence verdaderamente ha llegado en ciertos giros del relato a la simplicidad homérica o evangélica, en virtud del curso natural de su genio y de su gracia para la precisa intuición de ultratumba. El trazo es esencialmente exacto, muy particular - a pesar de las tosquedades indiscutibles y superficiales, de un estilo que se quiere componer y de un cálculo fallido que se encuentra de una palabra a otra, una antigua primero y otra moderna después, y que hubiera querido sugerir la idea de la continuidad de lo cotidiano a través de los siglos.

He aquí de lo que está hecha nuestra vida, y que no dejaremos de redescubrir en su desfalleciente simplicidad, gracias a la bondad - así sea frugal- de los artistas. Aquí, un gallo, un campesino - allá una mujer que espera, los pescadores que porfían, y en el fondo los soldados que dormitan amenzantes, o un suspicaz intendente que vigila. Enmedio de todo esto, un dios humano que pasa. Y rodéandolo, envolviéndolo todo, está la naturaleza infatigable, implacable, seductora.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Lepanto de Chesterton, traducido por Borges.



LEPANTO
G.K. Chesterton
Versión de Jorge Luis Borges

(Publicada originalmente en el primer número -noviembre de 1938- de la revista argentina Sol y Luna)

Blancos los surtidores en los patios del sol;
El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
Y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
Y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,
Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
Han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
La sombra de los Valois bosteza en la Misa;
De las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
Y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol.
Laten vagos tambores, amortiguados por las montañas,
Y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
Y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
El último caballero de Europa toma las armas,
El último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
Que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.
En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
Sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
Don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
Oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
Carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.
Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
Yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurrá!
Luz de muerte para África ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Cabalga hacia el mar.
Mahoma está en su paraíso sobre la estrella de la tarde
(Don Juan de Austria va a la guerra.)
Mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,
Su turbante que tejieron los mares y los ponientes.
Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,
Y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,
Y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama
A Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:
Genios y Gigantes,
Múltiples de alas y de ojos,
Cuya fuerte obediencia partió el cielo
Cuando Salomón era rey.
Desde las rojas nubes de la mañana, en rojo y en morado se precipitan,
Desde los templos donde cierran los ojos los desdeñosos dioses amarillos;
Ataviados de verde suben rugiendo de los infiernos verdes del mar
Donde hay cielos caídos, y colores malvados y seres sin ojos;
Sobre ellos se amontonan los moluscos y se encrespan los bosques grises del mar,
Salpicados de una espléndida enfermedad, la enfermedad de la perla;
Surgen en humaredas de zafiro por las azules grietas del suelo,-
Se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,
Y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo
Y no déis tregua a los rumíes de día ni de noche,
Pues aquello que fue nuestra aflicción vuelve del Occidente.
Hemos puesto el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol
De sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado,
Pero hay un ruido en las montañas, en las montañas y reconozco La voz que sacudió nuestros palacios -hace ya cuatro siglos:
¡Es el que no dice "Kismet"; es el que no conoce el Destino,
Es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!
Es aquel que arriesga y que pierde y que se ríe cuando pierde;
Ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra.
Porque oyó redoblar de tambores y trepidar de cañones.
(Don Juan de Austria va a la guerra)
Callado y brusco -¡hurrá!
Rayo de Iberia
Don Juan de Austria
Sale de Alcalá.
En los caminos marineros del norte, San Miguel está en su montaña.
(Don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
Donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
Y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
El fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
Llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
Y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
Y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
Y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
Y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
Que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
Trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
Les está gritando a las naves.
El rey Felipe está en su celda con el Toisón al cuello
(Don Juan de Austria está armado en la cubierta)
Terciopelo negro y blando como el pecado tapiza los muros
Y hay enanos que se asoman y hay enanos que se escurren.
Tiene en la mano un pomo de cristal con los colores de la luna,
Lo toca y vibra y se echa a temblar
Y su cara es como un hongo de un blanco leproso y gris
Como plantas de una casa donde no entra la luz del día,
Y en ese filtro está la muerte y el fin de todo noble esfuerzo,
Pero Don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.
Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles-
El rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.
Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!
Cañón sobre cañón, ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Ha desatado el cañoneo.
En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
Ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
La media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
Y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
Y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
Y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
Gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
Como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
Son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
Escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;
Son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
De los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
Donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
Y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo-
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
El rojo corre sobre la plata y el oro.
Rompen las escotillas y abren las bodegas,
Surgen los miles que bajo el mar se afanaban
Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.
¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
Ha dado libertad a su pueblo!
Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)

El capitán Dorry y Blackshirt. El pulp inglés de entreguerras II


“Ayudo a los héroes que no pueden ayudarse a sí mismo. Les doy la ocasión de recuperar algo de los que robaron y engordaron a costa suya, que hambrearon a sus familiares mientras ellos luchaban, que fumaban en sus clubes privados y confiaban en que la guerra nunca se acabaría.” Al final de la Gran Guerra, después de ser desmovilizado, el Capitán Dorry es invitado por un perista, Fewgin, para unirse a su banda de ladrones de guante blanco, compuesta por veteranos desmovilizados que roban, de “esos vampiros que ganan dinero con las guerras, y especulando siguen haciendo dinero en la paz.” Fewgin lo tiene claro, aunque no tan claro como para pasar del gesto personal al gesto revolucionario… Fegwin no roba a gente inocente pero roba para beneficio propio y ha creado una banda que puede parecerse al Black Gang de las novelas de Bulldog Drummond en su aspecto, e incluso en sus motivos, pero no en los fines.
En el primero de los cuentos del Capitán Dorry roban a un tipo que ha hecho una gran fortuna vendiendo conservas en mal estado al ejército durante la guerra, un tal Isaac Sheintz (adivinad a que grupo étnico religioso pertenece… efectivamente, no es anglicano…). Sheintz ha comprado un collar de perlas para la hija de una vieja y arruinada familia inglesa con la que quiere casarse para poder entrar en sociedad y Dorry lo roba y le da el resultado de su venta al empobrecido, pero decente, chico al que la chica de la vieja, y empobrecida, familia inglesa ama para que puedan casarse. Cursi, sí… pero dentro del espíritu de la época. El Capitán Dorry solo apareció en cinco cuentos antes de desaparecer en 1921. Otro veterano que añoraba el campo de batalla, no sabemos nada más de él, si fue por el camino correcto, y al Action Party, o por el camino incorrecto y a los Black and tans.

Blackshirt estuvo más tiempo en los kiosquillos de las estaciones. Apareció por primera vez en 1924 gracias a Bruce Graeme y por última en 1969, por obra de Roderik Graeme, tuvo antepasados (un tal Monsieur Blackshirt fue mosquetero) y un hijo, Lord Blackshirt… Y nada de confusiones… en 1924 todo el mundo sabía ya lo que era una camisa negra, incluso los autores de pulp despistados. Blackshirt vestía de forma extraña “no usaba chaqueta, tan sólo una camisa suave y negra, y una corbata negra, no muy distinta a la usada por los fascistas.”

Los diálogos de las novelas son igualmente reveladores.

--Blackshirt. Suena como a fascista.- dice un personaje.

El policía que investiga el caso, un tal Marshall, responde.

--Va por el mal camino, o eso me temo, caballero, ya que los Fascisti son gente de ley y orden y Blackshirt es responsable de numerosos asuntos que son claramente ilegales.

Frase de ojiva múltiple, polisemica en la jerga crítica actual, que permite a un tiempo elogiar al fascismo y distanciarse del mismo sin criticarlo.

Blackshirt comparte las víctimas de Dorry, ricos industriales enriquecidos en la retaguardia. Hasta la guerra había sido tan sólo un ladrón y un carterista pero cuando se alisto la guerra le trasformó, tal vez porque el autor, como buena parte de la sociedad inglesa de aquel momento, creía en el valor redentor de las armas y en el servicio militar como en una escuela de ciudadanos. Nueve meses después del armisticio de 1918 nacía Blackshirt, que ya robaba sobre todo para mantener en tiempos de paz la excitación del combate. Con el paso de los años, y a medida que el fascismo dejaba de ser para la desinformada opinión pública inglesa una especie de conservadurismo armado para pasar a ser una especie de bolchevismo nacional, tan subversivo como el de los comunistas, Blackshirt y su autor dejarían de hacer comentarios hasta convertirse en otros personajes perfectamente anodinos de la literatura juvenil inglesa, aunque de cuando en cuando los rasgos de los banqueros o industriales saqueados fueran menos arios que los del común de los ingleses.

Así, el soldado desmovilizado y patriota, el hombre rebelde de otras partes de Europa fue convertido, en la excéntrica sociedad inglesa, en un personaje literario juvenil absolutamente inocente… Y sin embargo en ese mismo periodo Chesterton escribió una novela claramente prefacista que pocos reconocen como tal, precisamente porque trata de ideas y no de camisas de tal o cual color, El retorno de Don Quijote, sobre la que ya escribiremos… mientras que en Francia un veterano, Roger Vercel, escribe una gran novela, que será debidamente comentada, sobre los soldados y el honor, Capitaine Conan, basándose en su propia experiencia militar como soldado francés en los Balcanes...